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Friday, 19 April 2019

SANTO VIACRUCIS D.V


+ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

+ Somos nada, Dios es todo, Padre te amamos. Continúa Divina
Voluntad orando en nosotros y después ofrécete a Ti mismo ésta
oración como nuestra para satisfacerte por las oraciones de todos y
para darle al Padre la Gloria que deberían darle todas las criaturas.

Acto de contrición en La Divina Voluntad
Dios mío propongo, perdóname, yo tuve la osadía de ofenderte y de
rebelarme contra Tí, en el mismo instante en el que Tú me amabas.
Me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido.
Te ruego, te suplico que me concedas tu amargura, a fin de poder
dolerme con ese mismo dolor con el que Tú te doliste por mis
pecados; dolor tan grande e inmenso que te hizo sudar sangre.
Madre Celestial, alcánzame de tu Jesús el suspirado perdón.
Yo propongo y prometo del modo más enérgico y absoluto, nunca más
volver a pecar.
Amén.

 Oración inicial
Oh Jesús, ya que el amor que nos tienes te ha movido a despojarte de
tu gloria y de tu dignidad Divina, cambiándolas con la horrible miseria
del hombre, y que siendo el Cordero Inmaculado, el Inocentísimo, el
Santo de los santos, has querido vestirte de todos los pecados de los
hombres y has querido sepultar en tu adorable humanidad los océanos
de amargura, de dolor y de muerte generados por las voluntades
humanas; te suplico que me admitas, en compañía de María Santísima
a la dolorosa contemplación de tu Santo Viacrucis en el que diste
cumplimiento a tu amarguísima pasión.
Quiero sellar con tu mismo amor cada uno de tus dolores, cada gota
de sangre, cada desgarre de tu alma, cada una de tus muertes
místicas, para decirte con María Santísima y a nombre de todas las
criaturas: ¡Jesús mío, dulcísimo redentor, te amo, te bendigo, te
Primera estación
Jesús es condenado a muerte
G. Te adoramos , oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 "¡Ecce Homo! ¡He aquí al hombre! Mírenlo, ya no tiene aspecto
de hombre! ¡Observen sus llagas: ya no se le reconoce! Se hace un
profundo silencio en el cielo, en la tierra y en el infierno; y luego, como
a una sola voz, oigo el grito de todos: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Lo
queremos muerto a cualquier costo!".
 "¡Ah, hijo mío, sosténme que ya no puedo más! Toma parte en
mis penas y que tu vida sea una continua ofrenda para salvar almas y
para mitigar mis penas tan desgarradoras!".
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Stabat Mater dolorosa
 justa crucem lacrimosa
 dum pendebat Filius.
 Estaba la Madre dolorosa
 llorando junto a la cruz,
 donde su Hijo pendía.
 Segunda estación
 Jesús toma y abraza la Cruz.
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 "¡Cruz adorada, finalmente te abrazo! Tú eras el suspiro de mi
Corazón, el martirio de mi amor; pero tú oh cruz has tardado tanto,
mientras que mis pasos siempre hacia ti se dirigian. Cruz Santa, tú eras
la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia sobre la tierra en ti
yo concentro todo mi ser, en ti pongo a todos mis hijos, tú serás su
vida, su luz, su defensa, tú serás quien me los cuide y les de fuerza, tú
los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al cielo".
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Cuiuis animam gementem,
 Constristatam et dolentem
 Pertransivit gladius.
 De quien el alma gimiente,
 entristecida y doliente
 una espada atravesó.
 Tercera estación
La primera caída de Jesús bajo la Cruz
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Apenas has dado los primeros pasos y ya caes bajo su peso y al
caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan todavía más en tu
cabeza, mientras que todas tus heridas se te vuelven a abrir y
empiezan a sangrar de nuevo; y no teniendo fuerzas para levantarte,
tus enemigos, irritados, a patadas y a empujones tratan de ponerte de
pie. Caído Amor mío, déjame ayudarte a ponerte de pie, déjame que te
bese, que te limpie la sangre y que repare junto contigo por quienes
pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te suplico que
ayudes a estas almas.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Oh quam tristis et aflicta
 Fuit illa benedicta
 Mater Unigeniti!
 ¡Oh, qué triste y aflijida
 Fue aquella bendita
 Madre del Unigénito Hijo!
 Cuarta estación
 Jesús se encuentra a Su Madre Santísima
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Tu Madre, que cual paloma herida te está buscando, quiere
decirte su última palabra y recibir tu última mirada; tú sientes sus
penas, su Corazón lacerado en el tuyo, enternecido y herido por el
amor de ambos. La encuentras abriéndose paso a través del gentío
queriendo a toda costa verte, abrazarte y decirte por última vez:
"Adiós" pero tú quedas aún más adolorido al ver su palidez mortal y
todas tus penas reproducidas en ella por la fuerza del amor. Si ella
sigue con vida es solamente por un milagro de tu omnipotencia divina.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Quae moerebat et dolebat,
 Pia Mater, dum videbat
 Nati poenas incliti.
 Que sufría y agonizaba,
 Madre piadosa, viendo
 Las penas de su valeroso Hijo.
 Quinta estación
La segunda caída de Jesús bajo la cruz.
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Tu Madre queda petrificada por el dolor y está a punto de
desvanecerse y Tú vuelves a caer bajo la cruz. Mientras tanto, gimes
caído bajo la cruz. Los soldados temen que vayas a morir bajo el peso
de tantos tormentos y por la pérdida de tanta sangre; es por eso que a
fuerza de latigazos y puntapiés tratan de ponerte de pie a duras penas.
De este modo reparas las repetidas caídas en el pecado, los pecados
graves cometidos por toda clase de personas y ruegas por los
pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su
conversión.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Pro peccatis suae gentis
 Vidit Jesum in tormentis,
 Et flagellis subditum.
 Por los pecados de su pueblo,
 Vio a Jesús en su tormento
 Sometido a la flagelación.
 Sexta estación
 Jesús es ayudado por el Cirineo
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Por temor a que mueras bajo la cruz, obligan al Cirineo a
ayudarte a llevar la cruz y él te ayuda, pero de mala gana y a
regañadientes, no por amor, sino por la fuerza. Entonces, en tu
Corazón hacen eco todos los lamentos de quienes sufren, las faltas de
resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir;
pero quedas mucho más adolorido al ver que las almas consagradas a
ti, cuando las llamas para que te acompañen y te ayuden en tu dolor,
huyen de ti; y sí tú con el dolor las quieres estrechar a ti, ah, ellas se
zafan de tus brazos para ir en busca de placeres.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Quis est homo, qui non fleret,
 Matrem Christi si videret
 in tanto supplicio?
 ¿Quién es el hombre que no lloraría,
 viendo a la Madre de Cristo
 en semejante suplicio?
 Séptima estación
 La Verónica enjuga el Rostro de Jesús
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 La Verónica, que valientemente, sin ningún temor, enjuga con un
paño tu rostro cubierto totalmente de tu sangre, y Tú se lo dejas
estampado en señal de gratitud.
 Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte y no con un
paño, sino que quiero ofrecerte todo mi ser para darte alivio; quiero
entrar en tu interior, oh Jesús, y darte latidos por latidos, respiros por
respiros, afectos por afectos, deseos por deseos; quiero arrojarme en
tu santísima inteligencia y haciendo correr todos esos latidos, respiros,
afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos
al infinito.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Quis non posset contristari,
 Christi Matrem contemplari
 dolentem cum Filio?
 ¿Quién podría no entristecerse,
 contemplando a la Madre de Cristo,
 sufriendo con su Hijo?
 Octava estación
 Jesús amonesta a las Piadosas Mujeres
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Otros pocos pasos y te vuelves a detener: tu amor, bajo el peso de
tantas penas, no se detiene y viendo a las mujeres piadosas que lloran
a causa de tus penas, te olvidas de ti mismo y las consuelas
diciéndoles:
 "¡Hijas, no lloren por mis penas, sino por sus pecados y por los
de sus hijos!"
 ¡Qué sublime enseñanza! ¡Qué dulce es tu palabra! Oh Jesús,
reparo junto contigo todas las faltas de caridad y te pido que me
concedas la gracia de olvidarme de mi mismo, para que no me
recuerde más que de ti solamente.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Vidit suum dulcem natum
 Moriendo desolatum
 Dum emisit spiritum.
 Vio a su dulcísimo Hijo
 Muriendo desolado
 Hasta entregar el espíritu.
 Novena estación
 La tercera caída de Jesús bajo la Cruz.
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Tus enemigos, al oírte hablar se ponen furiosos y te jalan de las
cuerdas y te empujan con tanta rabia, que te hacen caer y cayendo te
golpeas en las piedras; el peso de la cruz te tortura y Tú te sientes
morir, pero tus enemigos te quieren poner de pie jalándote de las
cuerdas, levantándote por los cabellos, dándote de patadas, pero todo
es en vano. Casi arrastrándote te llevan al monte Calvario; y mientras
te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas
consagradas a tí, que te dan tanto peso, que por más que te esfuerzas
para levantarte, te resulta imposible....
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Eia, Mater, fons amoris
 Me sentire vim doloris
 fac ut tecum lugeam.
 Oh, Madre, fuente de amor
 hazme sentir tu dolor
 para que llore contigo.
 Décima estación
 Jesús es despojado de sus vestiduras
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Te vuelven a desvestir arrancándote de nuevo tus vestiduras
junto con la corona de espinas. Ah Tú gimes al sentir que te arrancan
de la cabeza las espinas; y al arrancarte tus ropas, te arrancan
también tus carnes laceradas que se encuentran pegadas a ellas. La
sangre diluvia corriendo hasta el suelo y es tan grande tu dolor, que
casi muerto, caes. Es tan insoportable tanto dolor por las laceraciones
y por los cabellos que pegados a tu sangre coagulada te han
arrancado, que solamente los ángeles podrían decir todo lo que sufres.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Fac ut ardeat cor meum
 In amando Christum Deum
 Ut sibi complaceam.
 Haz que mi corazón arda,
 amando a Cristo Dios,
 para que se complazca.
 Undécima estación
 La Crucifixión de Jesús
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Oh Jesús mío, dulce Vida mía, habiéndote crucificado ya la mano
derecha, tus enemigos, con inaudita crueldad, toman la mano
izquierda y te la jalan tanto para hacer que llegue al agujero que ya
habían empezado, que sientes que se te dislocan las articulaciones de
los brazos y de los hombros y por la violencia del dolor tus piernas se
contraen y sufren una tremenda convulsión. Oh Jesús mío, terminando
los verdugos de clavarte los pies, yo me acerco a tu Corazón; me doy
cuenta de que ya no puedes más, pero tu amor grita más fuerte:
"¡Quiero más penas!".
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Sancta Mater, istud agas,
 Crucifixi fige plagas
 Cordi meo valide.
 Madre santa, imprime
 en mi corazón firmemente
 las llagas del Crucificado.
 Décima segunda estación
 Jesús muere en la Cruz.
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Vuelves a abrir tus moribundos ojos y miras en torno a la cruz,
como si quisieras despedirte de todos por última vez; miras a tu Madre
agonizante que ya no puede ni siquiera moverse, ni hablar a causa de
la tremendas penas que está sufriendo y dices: "¡Madre mía, adiós, Yo
me voy; pero te tendré en mi Corazón y tú, ten cuidado de nuestros
hijos!". Nada escapa a tu mirada; te despides de todos y a todos
perdonas y después, reuniendo todas tus fuerzas, con voz potente y
sonora, gritas: "¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!”.
E inclinando la cabeza, expiras.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Tui nati vulnerati,
 Tam dignati pro me pati,
 Poenas mecum divide.
 Divide conmigo las penas
 de tu Hijo herido
 que se ha dignado padecer tanto por mí.
 Décima tercera estación
Jesús es bajado de la Cruz y puesto en manos de María Santísima
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Jesús mío, apenas te bajan la cruz, la primera en recibirte en su
regazo es tu Madre Dolorosa y tu cabeza traspasada reposa
dulcemente entre sus brazos.
 Oh Dulce Madre, no desdeñes mi compañía y haz que también
yo, junto contigo, pueda prestarle los últimos servicios a mi a amado
Jesús. Dulcísima Madre mía, es cierto que tú me superas en amor y en
delicadeza en tocar a mi Jesús, pero yo trataré de imitarte del mejor
modo posible, para complacer en todo a mi adorado Jesús.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Fac me tecum pie flere,
 Crucifixo condolere,
 Donec ego vixero.
 Contigo hazme llorar con piedad,
 compadecer al Crucificado,
 mientras que yo viva.
 Décima cuarta estación
 La Sepultura de Jesús y la Soledad de María Santísima
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 Oh dulce Madre, veo que tu mirada se detiene en el Corazón de
tu adorado Jesús. ¡Qué es lo que haremos en este Corazón? Tú me lo
mostrarás, oh Madre, y me sepultarás en El, lo cerrarás con la piedra,
lo sellarás y aquí dentro, depositando en el mi corazón y mi vida me
quedaré escondido para toda la eternidad. ¡Oh Madre, dame tu amor
para que ame a Jesús y dame tu dolor para interceder por todos y
reparar cualquier ofensa a su Corazón Divino!
G. ¡Ven divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Christe cum sit hinc exire,
 Do per Matrem me venire
 Ad palmam victoriae.
 Oh Cristo, cuando esté por morir,
 concédeme por tu Madre
 alcanzar la palma de la victoria.
 Décima quinta estación
 La Resurrección de Jesús
G. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 ¿Quieres saber en que consiste la verdadera resurrección de la
criatura pero no al final de los tiempos, sino mientras todavía vive
sobre la tierra? Quien vive en Mi Voluntad, resucita a la luz y puede
decir: "Mi noche ha terminado"; resucita a la santidad, que hace que
las debilidades, las miserias y las pasiones huyan precipitadamente;
resucita a todo lo que es Cielo.
G. ¡Ven Divina Voluntad!
T. ¡Ven a reinar en nosotros!
 Quando corpus morietur,
 Fac ut animae donetur
 Paradisi gloria. Amén.
 Cuando el cuerpo morirá,
 haz que a mi alma sea dada
 la gloria del paraíso. Amén.
 Oración final
Gracias oh Jesús, por haberme llamado a seguirte en tu Vía
Dolorosa. Sí, oh Jesús, gracias, mil y mil veces, gracias y te bendigo
por todo lo que has hecho y padecido por todos.
Gracias y te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por
cada respiro, por cada latido de tu Corazón, por cada paso que has
dado, por cada palabra que has dicho, por cada mirada, por cada
amargura y ofensa que has soportado por nosotros; en todo, oh Jesús
mío, quiero darte un beso para darte las gracias y bendecirte. Ah
Jesús, haz que de todo mi ser salga hacia ti, una corriente continua de
gratitud y de bendiciones y de tus gracias.
 Jesús mío, estréchame a tu Corazón y con tus manos Santísimas
sella todas las partículas de mi ser con tu bendición, para que así no
pueda salir de mi más que un himno continuo de amor hacia ti. Amén.
Por las intenciones del Sumo Pontífice:
+ Pater ; + Ave ; + Gloria.
F I A T

Monday, 15 April 2019

VIA CRUCIS DE LOS ESCRITOS DE LUISA PICARRETA







ORACION PREPARATORIA
Oh Madre mía, al mirar el rostro de Jesús dolorido, pálido, triste, angustioso, el recuerdo de los dolores que está a punto de sufrir despierta en ti. Prevén su rostro cubierto de saliva y lo bendices, su cabeza perforada por las espinas, sus ojos cegados, su cuerpo torturado por los azotes, sus manos y pies perforados por los clavos; y donde quiera que vaya, lo sigues con tus bendiciones. Y yo también lo seguiré junto a ti. Cuando Jesús es golpeado por los azotes, coronado de espinas, abofeteado, atravesado por los clavos, en todas partes encontrará mi "Te bendigo" junto con el tuyo.

Y ahora, oh Jesús mío, deja que mi pobre corazón saque la Vida de Tu Corazón, para que yo solo pueda vivir con Tu Corazón; y en cada ofensa que recibas, déjame estar siempre preparado para ofrecerte un alivio, un consuelo, una reparación, un acto de amor, nunca interrumpido.
Te seguiré en todo, para hacerte fiel compañía.
Mi bien afligido, te ofrezco estas estaciones de la cruz en memoria de tu pasión y muerte, para desarmar la justa ira de Dios por los tantos pecados, por el triunfo de la Santa Iglesia, por la conversión de todos los pecadores, por la paz entre los pueblos, especialmente nuestro país, para nuestra santificación, en el sufragio de las almas del purgatorio, que su Reino venga pronto y que sea conocido, amado y poseído por las generaciones humanas.



PRIMERA ESTACION

Jesús es condenado a muerte
Jesús es condenado a Muerte
¡Jesús mío, Amor infinito, más te miro y más comprendo cuánto sufres! Te encuentras de tal forma lacerado que no queda parte sana en ti. Los verdugos, volviéndose todavía más feroces, al ver que tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto amor que tu mirada llena de amor forma un dulce encanto, casi como si hablara rogando y suplicando más y más penas, aunque son inhumanos, de todos modos se sienten forzados por tu amor a ponerte de pie; pero tú, no pudiendo mantenerte parado, caes de nuevo en tu sangre, y ellos, irritados, a patadas y a empujones te hacen llegar al sitio en donde te coronarán de espinas.

Amor mío, si tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no podré seguir viéndote sufrir; siento ya un escalofrío que me llega hasta los huesos, mi corazón salta, me siento morir... ¡Jesús, Jesús, ayúdame!

Y mi amable Jesús me dice:

« Ánimo, hijo mío, no vayas a perderte nada de lo que he sufrido; pon atención a mis enseñanzas. Yo debo rehacer al hombre en todo; la culpa le ha quitado su corona y lo ha coronado de oprobios y de confusión, de modo que no puede comparecer ante mi majestad. La culpa lo ha deshonrado, haciéndole perder cualquier derecho a los honores y a la gloria, es por eso que quiero ser coronado de espinas, para volver a ponerle al hombre sobre la frente su corona, y para devolverle todos los derechos a toda clase de honor y gloria. Y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por tantos pecados de pensamiento, especialmente de soberbia, y serán también voces de luz para cada mente creada con las que les suplicaré que no me ofendan. Por eso, únete a mí, ora y repara junto conmigo ».

Coronado Jesús mío, tus crueles enemigos hacen que te sientes, te echan encima un trapo viejo de púrpura, toman la corona de espinas, y con furia infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza; y con un palo, a base de golpes, hacen que las espinas penetren sobre tu frente y parte de ellas se te clavan hasta en los ojos, en los oídos, en el cráneo y hasta por detrás de la nuca.

Amor mío, ¡qué penas tan desgarradoras e indescriptibles! ¡Cuántas muertes tan crueles sufres! Tu sangre corre sobre tu rostro, de manera que ya no se ve más que sangre; pero bajo esas espinas y esa sangre se puede ver todavía tu rostro santísimo, radiante de dulzura, de paz y de amor. Y los verdugos, queriendo concluir la tragedia, te vendan los ojos, te ponen en la mano una caña como si fuera un cetro y dan inicio a sus burlas. Te saludan cual Rey de los judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas y dicen:

« Adivina, ¿quién te ha golpeado? ».

Y tú callas y respondes reparando las ambiciones de quienes aspiran a los reinos, a las dignidades, a los honores, y por quienes ocupando estos puestos, no comportándose debidamente, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos y que, por sus malos ejemplos, incitan al mal y a que las almas se pierdan.

Y con esa caña que tienes en la mano, tú reparas por tantas obras buenas, vacías de espíritu interior o incluso hecho con malas intenciones. Con los insultos y esa venda, reparas por quienes ponen en ridículo las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas; reparas también por quienes se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad.

Y con la venda ruegas por nosotros para que nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y de los placeres.

Jesús, Rey mío, tus enemigos te siguen insultando; tu sangre chorrea tanto de tu santísima cabeza que llegándote hasta la boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, por lo que no puedo hacer lo que tú estás haciendo; por eso me arrojo a tus brazos y quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida y poner la mía debajo de tus espinas, para sentir sus punzadas...

Pero mientras estoy diciendo esto, Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su Corazón y trato de sostener su cabeza. ¡Oh, qué gusto da estar con Jesús, aún en medio de mil tormentos!

Y él me dice:

« Hijo mío, estas espinas proclaman que quiero ser constituido Rey de cada corazón; a mí me corresponde todo dominio; y tú, toma estas espinas y atraviesa con ellas tu corazón y haz que salga de él todo lo que a mí no me pertenece; deja dentro de tu corazón una espina, como señal de que yo soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti; luego recorre todos los corazones de las criaturas y traspasándolos con mis espinas haz que salgan de ellos todos los humos de soberbia, la podredumbre que tienen, y constitúyeme Rey de todos ».

Amor mío, el corazón se me oprime cuando te dejo. Por eso te suplico: que ensordezcas mis oídos con tus espinas, para que ya no pueda oír alguna otra voz que no sea la tuya; que cubras con tus espinas mis ojos, para tener ojos solamente para mirarte a ti; que me llenes con tus espinas la boca, para que mi lengua permanezca muda a todo lo que pueda ofenderte y se encuentre libre para alabarte y bendecirte en todo. ¡Oh Jesús, Rey mío!, rodéame de espinas y que estas espinas me cuiden, me defiendan y me tengan abismado totalmente en ti.

Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, pues veo que tus enemigos te conducen ante Pilato, quien te condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a seguir tu doloroso camino y bendíceme.

 Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo: 
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos" porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.



Segunda estación
Jesús con la cruz a cuestas 

 Destrozado Bien mío, contigo reparo, contigo sufro; mas veo que tus enemigos te empujan por la escalera; la multitud te espera con ansia y furor; hacen que encuentres ya preparada la cruz que con tantos suspiros buscas, la miras con amor, y con paso decidido te acercas a ella para abrazarla. Pero antes la besas y sientes como un escalofrío de alegría por toda tu santísima humanidad, y con un gozo supremo, vuelves a mirarla y mides su longitud y su anchura; en ella estableces ya una porción para todas las criaturas y les das la dote suficiente para vincularlas a la Divinidad con el vínculo nupcial y para hacerlas herederas del Reino de los Cielos. Y luego, no pudiendo contener tu amor por las criaturas, vuelves a besar la cruz y le dices:

« ¡Cruz adorada, finalmente te abrazo! Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi amor; pero tú, oh cruz, has tardado tanto, mientras que mis pasos siempre hacia ti se dirigían. Cruz santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia sobre la tierra. En ti yo concentro todo mi ser, en ti pongo a todos mis hijos, tú serás su vida, su luz, su defensa, tú serás quien me los cuide y les des fuerza, tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al cielo. ¡Oh cruz, cátedra de sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos! Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo yo que abandonar la tierra, te quedarás tú en mi lugar; a ti te doy como dote a todas las almas. ¡Cuídamelas, sálvamelas, a ti te las confío! ».

Y diciendo esto, lleno de ansiedad haces que te la pongan sobre los hombros. ¡Ah, Jesús mío!, la cruz para tu amor es demasiado ligera, pero al peso de la cruz se une el de nuestras enormes e inmensas culpas que se extienden tanto cuanto el cielo; y tú, triturado Bien mío, sientes que el peso de tantas culpas te aplasta. Tu alma se horroriza ante su vista y sientes la pena propia de cada culpa; tu santidad queda sacudida ante tanta monstruosidad. Por eso, sosteniendo la cruz sobre tus hombros, vacilas, respiras afanosamente y de tu santísima humanidad empieza a brotar un sudor mortal.

¡Ah, Amor mío, no me animo a dejarte solo!; quiero dividir contigo el peso de la cruz, y para darte alivio por el peso de tantas culpas, me estrecho a tus pies. Quiero darte a nombre de todas las criaturas amor por quien no te ama; alabanzas por quien te desprecia; bendiciones, gratitud y obediencia por todos. Es mi intención solemne ofrecerte todo mi ser en reparación por cualquier ofensa que recibas, hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hagan y consolarte con mis besos y mis continuos actos de amor. Pero veo que yo soy demasiado miserable y tengo necesidad de ti para poder darte verdadera reparación; por eso, me uno a tu santísima humanidad y junto contigo uno mis pensamientos a los tuyos para reparar los malos pensamientos míos y de todos; uno mis ojos a los tuyos para reparar las malas miradas; uno mi boca a la tuya para reparar por las blasfemias y las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo, para reparar las malas inclinaciones, los malos deseos y los malos afectos; en una palabra, quiero reparar por todo lo que repara tu santísima humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al inmenso bien que les haces a todos. Pero no me contento todavía; quiero unirme a tu Divinidad, para hacer que mi vida se pierda en ella y así pueda darte todo.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.


TERCERA ESTACION

Jesús cae la primera vez

Pero es tanto tu dolor, que sientes que el peso de la cruz te aplasta. Apenas has dado los primeros pasos y ya caes bajo su peso y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan todavía más en tu cabeza, mientras que todas tus heridas se te vuelven a abrir y empiezan a sangrar de nuevo; y no teniendo fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a puntapiés y a empujones tratan de ponerte de pie.
Caído Amor mío, déjame ayudarte a ponerte de pie, déjame que te bese, que te limpie la sangre y que repare junto contigo por quienes pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te suplico que ayudes a estas almas.
Mi Amor caído, déjame ayudarte a pararme, déjame besarte, secar Tu Sangre y reparar contigo por los que pecan por ignorancia, fragilidad y debilidad. Te ruego que ayudes a estas almas.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.

CUARTA ESTACION
Jesús se encuentra con su Santísima Madre





Vida mía, Jesús, tus enemigos, haciéndote sufrir penas inauditas, han logrado ponerte de pie y mientras vacilante caminas, siento tus afanosos respiros; tu Corazón late con más fuerza y nuevas penas lo traspasan cruelmente; sacudes la cabeza para liberar tus ojos de la sangre que los cubre y buscas con ansiedad... ¡Ah, Jesús mío, ahora comprendo todo! Es tu Madre, que cual paloma herida te está buscando. Quiere decirte su última palabra y recibir tu última mirada; tú sientes sus penas, su Corazón lacerado en el tuyo, enternecido y herido por el amor mutuo. La encuentras abriéndose paso a través del gentío queriendo a toda costa verte, abrazarte y decirte por última vez: « Adiós ». Pero tú quedas aún más adolorido al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en ella por la fuerza del amor. Si ella sigue con vida es solamente por un milagro de tu omnipotencia divina. Diriges tus pasos hacia ella, pero a duras penas pueden cruzarse la mirada.

¡Oh dolor del Corazón de ambos! Los soldados se han dado cuenta y a golpes y empujones impiden que Madre e Hijo se despidan por última vez.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.


QUINTA ESTACION
Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz
 
Tus enemigos, entonces, por temor a que mueras bajo la cruz, obligan al Cirineo a ayudarte a llevar la cruz y él te ayuda, pero de mala gana y a regañadientes, no por amor, sino por la fuerza. Entonces, en tu Corazón hacen eco todos los lamentos de quienes sufren las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir. Pero quedas mucho más adolorido al ver que las almas consagradas a ti, cuando las llamas para que te acompañen y te ayuden en tu dolor, huyen de ti; y si tú con el dolor las quieres estrechar a ti, ¡ah!, ellas se zafan de tus brazos para ir en busca de placeres, dejándote así sufriendo solo.
Jesús mío, mientras reparo contigo, te ruego que me estreches entre tus brazos tan fuertemente, que no llegue a haber ninguna pena que tú sufras en la que yo no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.

Sexta estación
La Verónica limpia el rostro de Jesús

Quebrantado Jesús mío, a duras penas caminas encorvado totalmente. Pero te detienes y buscas con la mirada. Corazón mío, ¿qué pasa, qué quieres? ¡Ah!, es la Verónica, que valientemente, sin ningún temor, enjuga con un paño tu rostro cubierto totalmente de sangre, y tú se lo dejas impreso en señal de gratitud.

Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte, y no con un paño, sino que quiero ofrecerte todo mi ser para darte alivio; quiero entrar en tu interior, ¡oh Jesús!, y darte latidos por latidos, respiros por respiros, afectos por afectos, deseos por deseos; quiero arrojarme en tu santísima inteligencia y haciendo correr todos esos latidos, respiros, afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos al infinito. Quiero, ¡oh Jesús mío!, formar olas de latidos, para hacer que ningún latido malo repercuta en tu Corazón y así poder dar alivio a todas tus íntimas amarguras; quiero formar olas de afectos y de deseos, para alejar de ti todos los malos afectos y los malos deseos que pudieran entristecer en lo más mínimo tu Corazón; y también, quiero formar olas de respiros y de pensamientos que pongan en fuga cualquier respiro y pensamiento que pudiera desagradarte en lo más mínimo. Pondré mucha atención, ¡oh Jesús!, para hacer que ya nada te aflija o añada otras amarguras a tus penas íntimas.

¡Oh Jesús mío!, ¡ah!, haz que todo mi interior nade en la inmensidad del tuyo, así podré hallar amor suficiente y voluntad capaz de hacer que no entre en tu interior un amor malo ni una voluntad que pueda desagradarte.

Mientras tanto, tus enemigos, viendo mal este acto de la Verónica, te fustigan, te empujan y hacen que prosigas tu camino.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.

SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae la segunda vez


Es tan grande la angustia de ambos, que tu Madre queda petrificada por el dolor y está a punto de desvanecerse; el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen, mientras que tú vuelves a caer bajo la cruz. Y entonces, tu dolorosa Madre, lo que no puede hacer con el cuerpo al verse imposibilitada, lo hace con el alma. Entra dentro de ti, hace suya la Voluntad Divina del Padre y asociándose a todas tus penas, hace su oficio de Madre: te besa, te repara, te cura y derrama sobre todas tus llagas el bálsamo de su doloroso amor.
Penante Jesús mío, yo también me uno a tu dolorosa Madre; hago mías todas tus penas y en cada gota de tu sangre, en cada llaga, quiero serte madre y junto contigo y con tu Madre quiero reparar por todos los encuentros peligrosos y por quienes se exponen a las ocasiones de pecado o que forzados a exponerse por necesidad quedan atrapados por el pecado.
Y tú, mientras tanto, gimes caído bajo la cruz. Los soldados temen que vayas a morir bajo el peso de tantos tormentos y por la pérdida de tanta sangre; es por eso que a fuerza de latigazos y puntapiés tratan de ponerte de pie a duras penas. De este modo reparas las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas y ruegas por los pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su conversión.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.


Octava estación
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén


Mientras tanto, los enemigos, desaprobando este acto de Verónica, te azotan, empujan y empujan en el camino. Unos pasos más y te detienes de nuevo. Incluso bajo el peso de tanto sufrimiento, Tu Amor no se detiene, y al ver a las mujeres piadosas llorando a causa de Tus Dolores, te olvidas de ti mismo y las consuelas diciendo: "Hijas, no lloren por Mis Dolores, sino por sus pecados y sobre tus hijos ”. Qué enseñanza tan sublime; ¡Qué dulce es tu palabra! Oh Jesús, contigo, Reparo por la falta de Caridad, y te pido la Gracia de hacerme olvidar, para no recordar nada más que Tú Solo.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.

NOVENA ESTACION
Jesús cae por tercera vez

Pero tus enemigos, al oírte hablar se ponen furiosos y te jalan de las cuerdas y te empujan con tanta rabia, que te hacen caer y cayendo te golpeas en las piedras; el peso de la cruz te tortura y tú te sientes morir. Déjame que te sostenga y que proteja con mis manos tu santísimo rostro. Veo que tocas la tierra y estás agonizando en tu propia sangre; pero tus enemigos te quieren poner de pie jalándote de las cuerdas, levantándote por los cabellos, dándote de puntapiés..., pero todo es en vano. ¡Te estás muriendo, oh Jesús mío! ¡Qué pena! ¡Se me rompe el corazón por el dolor! Casi arrastrándote, te llevan al monte Calvario; y mientras te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas consagradas a ti, que te dan tanto peso, que por más que te esfuerzas para levantarte, te resulta imposible... Y así, arrastrado y pisoteado, llegas al Calvario dejando por donde pasas las rojas huellas de tú preciosísima sangre.

Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.


Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras



Y aquí te esperan nuevos dolores. Te vuelven a desvestir arrancándote de nuevo tus vestiduras junto con la corona de espinas. ¡Ah!, tú gimes al sentir que te arrancan de la cabeza las espinas; y al arrancarte tus ropas, te arrancan también tus carnes laceradas que se encuentran pegadas a ellas. Tus llagas se vuelven a abrir, la sangre diluvia corriendo hasta el suelo y es tan grande tu dolor, que casi muerto, caes. Pero nadie se mueve a compasión por ti, mi Bien. Al contrario, con rabia bestial te ponen de nuevo la corona de espinas a fuerza de golpes; y es tan insoportable tanto dolor por las laceraciones y por los cabellos que pegados a tu sangre coagulada te han arrancado, que solamente los ángeles podrían decir todo lo que sufres, mientras que ellos horrorizados y llorando retiran sus miradas celestiales.

Desnudado Jesús mío, déjame que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un sudor mortal friísimo invade toda tu santísima humanidad. ¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir la tuya que has perdido para darme vida!

Y mientras tanto, Jesús, mirándome con sus ojos llorosos y moribundos, parece que me dice:

« ¡Hijo mío, cuánto me cuestan las almas! Este es el lugar en donde espero a todos para salvarlos y donde quiero reparar los pecados de quienes llegan a degradarse hasta por debajo de las bestias y que se obstinan tanto en ofenderme, que llegan a no saber vivir sin estar pecando. Su razón queda ciega y pecan frenéticamente; por eso me vuelven a poner la corona de espinas por tercera vez. Y al ser desnudado reparo por quienes se visten lujosamente y con indecencia, por los pecados contra la modestia y por quienes están tan atados a las riquezas, a los honores y a los placeres, que de todo eso se hacen un dios para sus corazones. ¡Ah, sí!, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero, es porque la Voluntad de mi Eterno Padre aún no ha decretado el momento de mi muerte ».

Desnudado Bien mío, mientras reparo contigo, te suplico que con tus santísimas manos me despojes de todo y que no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón; vigílamelo, rodéalo con tus penas y llénalo con tu amor. Haz que mi vida no sea más que la repetición de tu vida y confirma este despojo con tu bendición.

¡Oh Jesús!, bendíceme de corazón y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa crucifixión, para quedar crucificado junto contigo.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”

UNDECIMA ESTACION
Jesús es clavado en la cruz
La crucifixión

Dulce Bien mío, ya te extiendes sobre la cruz, miras a los verdugos, quienes tienen en sus manos los clavos y el martillo que usarán para clavarte, pero los miras con tanto amor y dulzura, que como que los invitas dulcemente a que te crucifiquen de inmediato. Y ellos, aunque con gran repugnancia, te sujetan con ferocidad inhumana la mano derecha, ponen el clavo y a golpes de martillo hacen que salga por el otro lado de la cruz; pero es tanto y tan tremendo el dolor que sufres, ¡oh Jesús mío!, que estás temblando: la luz de tus ojos se eclipsa, tu rostro santísimo se pone lívido y pálido...

Diestra bendita, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias por mí y por todos. Por cuantos fueron los golpes que recibiste, tantas almas te pido que liberes en este momento de la condena del infierno; por cuantas gotas de sangre derramaste, tantas almas te ruego que laves en tu preciosísima sangre; y por el dolor atroz que sufriste, sobre todo cuando te clavaron sobre la cruz estirándote los nervios de los brazos, te ruego que les abras a todos el cielo y que bendigas a todos; que tu bendición llame a la conversión a todos los pecadores y a la luz de la fe a los herejes e infieles.

¡Oh Jesús mío, dulce Vida mía!, habiéndote crucificado ya la mano derecha, tus enemigos, con inaudita crueldad, toman la mano izquierda y te la jalan tanto, para hacer que llegue al agujero que ya habían empezado, que sientes que se te dislocan las articulaciones de los brazos y de los hombros, y por la violencia del dolor tus piernas convulsionan y se contraen.

Mano izquierda de mi Jesús, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias; te ruego que por esos golpes y por los dolores que sufriste cuando te la atravesaron con el clavo, me concedas en este momento que tantas almas puedan emprender el vuelo del purgatorio al cielo; y por la sangre que derramaste te suplico que extingas las llamas que atormentan a estas almas y que sea para todas refrigerio y baño saludable que las purifique de toda mancha disponiéndolas a la visión beatífica.

Amor mío y Todo mío, por el agudo dolor que sufriste cuando te clavaron la mano izquierda, te ruego que les cierres el infierno a todas las almas y que contengas los rayos de la divina justicia, que por desgracia está tan irritada a causa de nuestras culpas. ¡Ah, Jesús!, haz que este clavo sea en tu mano izquierda la llave que le cierre para siempre la puerta a la divina justicia, para hacer que ya no lluevan sus flagelos sobre la tierra y que al mismo tiempo abra los tesoros de tu divina misericordia en favor de todos. Por eso te suplico que nos estreches entre tus brazos.

Parece que ya has quedado inmóvil para todo, quedando nosotros libres para poder hacerte todo lo que queramos. Por eso pongo en tus manos el mundo entero y a todas las generaciones humanas, y te ruego Amor mío, con la voz de tu misma sangre, que no le niegues a nadie el perdón y, por los méritos de tu preciosísima sangre, te pido la salvación y la gracia divina para todos, sin excluir a nadie, ¡oh Jesús mío! Amor mío, Jesús, tus enemigos no están satisfechos todavía; con ferocidad diabólica cogen tus santísimos pies, siempre incansables en busca de almas y, así como estaban, contraídos por la fuerza del dolor de las manos, tiran de ellos tan fuertemente que quedan descoyuntadas las rodillas, las costillas y todos los huesos de tu pecho. Mi corazón no puede resistir, oh Bien mío, al ver que por la vehemencia del dolor, tus hermosos ojos eclipsados y cubiertos de sangre se ponen en blanco, tus labios lívidos e hinchados por los golpes se tuercen, tus mejillas se hunden, tus dientes tiemblan terriblemente, el pecho te sofoca, y tu Corazón, por la tensión tan grande con la que han sido estirados tus manos y tus pies, sufre violentas convulsiones... ¡Amor mío, con cuántas ganas me pondría yo en tu lugar para evitarte tanto dolor! Quiero extenderme sobre todos tus miembros, para darte por todos, alivio, para darte un beso, un consuelo, una reparación por todo.
Jesús mío, veo que te colocan un pie sobre el otro y te los atraviesan con un clavo, por añadidura sin punta. ¡Ah!, permíteme que mientras el clavo te atraviesa los pies, te ponga en el pie derecho a todos los sacerdotes para que sean luz de los pueblos, especialmente a quienes no conducen una vida buena y santa; y en tu pie izquierdo déjame poner a todos los pueblos, para que reciban la luz de parte de los sacerdotes, los respeten y les sean obedientes; y que así como te atraviesa los dos pies, traspase a los sacerdotes y a los pueblos, para que unos y otros no puedan separarse de ti.

¡Oh Jesús!, beso tus pies santísimos, los compadezco, los adoro y les doy gracias por los dolores tan atroces que sufriste cuando fuiste estirado, descoyuntándose todos tus huesos; y por la sangre que derramaste, te suplico que encierres a todas las almas en tus llagas. No desdeñes a nadie, ¡oh Jesús! Que tus clavos crucifiquen nuestras potencias para que no se separen de ti; nuestro corazón, para que quede siempre y solamente fijo en ti; que todos nuestros sentimientos queden clavados con tus clavos para que no tomen gusto alguno que no provenga de ti.

¡Oh crucificado Jesús mío!, te veo todo ensangrentado como nadando en un mar de sangre, y estas gotas de sangre no hablan más que de almas; es más, en cada una de estas gotas de sangre veo presentes a las almas de todos los siglos; así que a todos nos contenías en ti, ¡oh Jesús! Por eso, por la potencia de esta sangre te pido que jamás vuelva a huir nadie de ti.

¡Oh Jesús mío!, terminando los verdugos de clavarte los pies, yo me acerco a tu Corazón; me doy cuenta de que ya no puedes más, pero tu amor grita más fuerte:
« ¡Quiero más penas! ».
Jesús mío, abrazo tu Corazón, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias por mí y por todos. ¡Oh Jesús!, quiero apoyar mi cabeza sobre tu Corazón para sentir lo que sufres en tu crucifixión. ¡Ah! ciento que cada golpe de martillo repercute en tu Corazón, que es el centro de todo: por él empiezan todos tus dolores y en él terminan. ¡Ah!, si no fuera porque esperas la lanza que debe traspasarte el Corazón, ya las llamas de tu amor y tu sangre que hierve en torno a él se hubieran hecho camino y ellas mismas te lo habrían traspasado. Esta sangre y estas llamas llaman a las almas amantes para que hagan su feliz morada en tu Corazón; y yo, ¡oh Jesús!, por amor a este Corazón y por tu sacratísima sangre, te pido, te suplico por la santidad de las almas que te aman. ¡Oh Jesús, no las dejes salir jamás de tu Corazón! Y con tu gracia, multiplica las vocaciones de almas víctimas que continúen tu vida sobre la tierra. Tú quisieras darles un lugar especial en tu Corazón a estas almas amantes: haz que jamás vayan a perderlo.
¡Oh Jesús!, que las llamas de tu Corazón me abrasen y me consuman, que tu sangre me embellezca, que tu amor me tenga siempre clavado al amor con el dolor y la reparación.
¡Oh Jesús mío!, los verdugos, después de haberte clavado las manos y los pies en la cruz, la voltean para remachar los clavos y te obligan a que toques con tu divino rostro la tierra ensangrentada con tu propia sangre y con tu boca divina le das un beso. Con este beso, ¡oh Amor mío!, quieres besar a todas las almas y vincularlas a tu amor, sellando su salvación. ¡Oh Jesús!, déjame tomar tu lugar, y mientras los verdugos remachan los clavos, haz que estos golpes me hieran también a mí y que me crucifiquen totalmente a tu Amor.
Jesús mío, pongo mi cabeza en la tuya y mientras las espinas se van hundiendo cada vez más en tu cabeza, quiero ofrecerte, dulce Bien mío, todos mis pensamientos, para que como besos llenos de amor te consuelen y mitiguen el dolor que te causan las espinas.

¡Oh Jesús!, pongo mis ojos en los tuyos y veo que tus enemigos todavía no están satisfechos de tantos insultos y burlas, y yo quiero consolar tus miradas divinas con mis miradas de amor.

Pongo mi boca en la tuya, ¡oh Jesús! Tu lengua ya casi está pegada al paladar por la amargura de la hiel y por la sed abrasadora; y para aplacar tú sed, ¡oh Jesús mío!, quisieras que todos los corazones de las criaturas estuvieran rebosantes de amor; y no teniéndolos te consumes cada vez más por ellos. Dulce Amor mío, quiero ofrecerte ríos de amor, para mitigar de algún modo la amargura de tu sed ardiente.

¡Oh Jesús mío!, pongo mis manos en las tuyas; veo que en cada movimiento que haces, las llagas de tus manos se van abriendo cada vez más y más, y el dolor se hace más intenso y amargo. Amado Bien mío, quiero ofrecerte todas las obras santas de las criaturas para confortar y endulzar de algún modo la amargura de tus llagas.

¡Oh Jesús!, pongo mis pies en los tuyos. ¡Cuánto sufres! Todos los movimientos de tu sacratísimo cuerpo parecen repercutir en los pies y nadie está cerca de ti para socorrerte y mitigar de algún modo la acerbidad de tus dolores. ¡Oh Jesús mío!, quisiera girar por todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, tomar todos los pasos de las criaturas y ponerlos en los tuyos para sostenerte y darte alivio, antes bien oh Jesús mío, quiero poner todos los pasos del Eterno en los tuyos para así poder darle un verdadero alivio a tu divina persona.

¡Oh Jesús mío!, pongo mi corazón en el tuyo. ¡Pobre Corazón, cómo está destrozado! Si mueves los pies, sientes como que te arrancan los nervios de la punta de tu Corazón; si mueves las manos, los nervios de los dos lados de tu Corazón quedan peor que si te los jalaran con clavos; oh Jesús, si mueves la cabeza, la boca del Corazón te sangra y vuelves a sentir toda la crucifixión. ¡Oh Jesús mío!, ¿cómo podré confortar tanto dolor? Me difundiré en ti, pondré mi corazón en el tuyo, mis deseos en los tuyos que son ardientísimos, para destruir los malos deseos de las criaturas; difundiré mi amor en el tuyo, para que con tu fuego se enciendan todos los corazones de las criaturas y se destruyan los amores profanos; me difundiré en tu Santísima Voluntad para poder aniquilar todo acto maligno; y es así que tu Corazón queda confortado y yo te prometo, ¡oh Jesús!, que de ahora en adelante me quedaré siempre clavado a tu Corazón con los clavos de tus deseos, de tu amor y de tu Voluntad.

¡Oh Jesús mío!, crucificado tú, crucificado yo en ti. No permitas que me desclave en lo más mínimo de ti, sino que quede siempre clavado, para poder amarte y repararte por todos, y mitigar así [el dolor] que te causan las criaturas con las ofensas.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.

Duodécima estación
Jesús muere en la cruz

Mi moribundo crucificado, Jesús, ahora estás a punto de dar los últimos alientos de tu vida mortal; Tu Santísima Humanidad ya está rígida; Tu corazón parece no latir más. Con Magdalena me aferro a Tus pies y, si fuera posible, me gustaría dar mi vida para revivir la tuya.
Mientras tanto, oh Jesús, veo que abres de nuevo tus ojos moribundos y miras a tu alrededor desde la Cruz, como queriendo dar el último adiós a todos. Miras a Tu mamá moribunda, que ya no tiene movimiento ni voz, muchos son los dolores que Ella siente; y dices: “Adiós, mamá, me voy, pero te guardaré en mi corazón. Tú, cuida de Mis hijos y de los Tuyos. "Miras a Magdalena llorando, a Juan fiel y a tus enemigos, y con Tus Miradas les dices:" Te perdono; Te doy el beso de la paz”. Nada escapa a tu mirada; Te despides de todos y perdonas a todos. Luego, reúnes todas tus fortalezas y, con una voz fuerte y atronadora, clamas: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
E inclinando tu cabeza, expiras.
Mi Jesús, en este grito, toda la naturaleza se sacude y llora por tu muerte, ¡la muerte de su Creador! La tierra tiembla fuertemente; y con su temblor, parece estar llorando y queriendo sacudir las almas para que te reconozcan como el verdadero Dios. El velo del templo se rasga; los muertos han resucitado el sol, que hasta ahora había llorado sobre Tus dolores, ha retirado su luz con horror. Ante este grito, tus enemigos caen de rodillas y, golpeando sus pechos, dicen: "En verdad, Él es el Hijo de Dios". Y tu madre, petrificada y moribunda, sufre dolores más duros que la muerte.
Mi Jesús muerto, con este grito, Tú también nos colocas a todos en las Manos del Padre, porque no nos rechazas. Por lo tanto, clama en voz alta, no solo con su voz, sino con todos sus dolores y con las voces de su sangre: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu y todas las almas”. Jesús mío, yo también me abandono en ti; y Me das la Gracia de morir completamente en Tu Amor, en Tu Voluntad, y te pido que nunca me permitas, ni en la vida ni en la muerte, salir de Tu Santísima Voluntad. Mientras tanto, tengo la intención de reparar para todos aquellos que no se abandonan perfectamente a su Santísima Voluntad, por lo tanto, perdiendo o mutilando el Precioso Regalo de tu Redención. ¿Cuál no es el dolor de tu corazón, oh Jesús mío, al ver a tantas criaturas escapando de tus brazos y abandonándose a sí mismas? Ten piedad de todos, oh Jesús mío, ten piedad de mí.

Y ahora, mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”. 

DECIMOTERCERA ESTACION

Jesús es bajado de la cruz


Jesús mío, veo que tus enemigos levantan el pesado leño de la cruz y lo dejan caer en el hoyo que han hecho; y tú, dulce Amor mío, quedas suspendido entre el cielo y la tierra. Y, ¡oh!, en este solemne momento te diriges al Padre y con voz débil y apagada le dices:
« Padre Santo, aquí estoy, cargado de todos los pecados del mundo; no hay culpa que no recaiga sobre mí. Por eso, ya no descargues sobre los hombres los flagelos de tu divina justicia, sino sobre mí, tu Hijo. ¡Oh Padre!, permíteme vincular a esta cruz a todas las almas y que implore perdón para todas ellas con las voces de mi sangre y de mis llagas. ¡Oh Padre!, ¿no ves a qué estado me he reducido? Por esta cruz y en virtud de estos dolores, concédeles a todos verdadera conversión, paz, perdón y santidad ».
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.


Decimocuarta estación
Jesús está puesto en el sepulcro

Resultado de imagen para Decimocuarta estación Jesús está puesto en el sepulcroMi Madre Dolorosa, veo que te dispones al Sacrificio Final de tener que dar el Entierro a tu Hijo sin vida, Jesús. Muy perfectamente resignada a la voluntad de Dios, lo acompañas y lo colocas en el sepulcro con tus propias manos. Y ahora, mi afligida mamá, permíteme besar su corazón y tomar su sangre más preciosa; y tú mismo, encierra su corazón en el mío, para que pueda vivir de su amor, de sus deseos, de sus dolores. Por último, tome la rígida mano derecha de Jesús para que pueda darme la última bendición.

La piedra cierra el sepulcro. Y tú, torturado, bésalo y llora. Le das el último adiós y te vas. Pero tu dolor es tan grande, que permaneces casi petrificado mientras tu sangre se enfría. Mi mamá traspasada, junto contigo, me despido de Jesús; y llorando, quiero compadecerte y acompañarte en tu amarga desolación. Quiero ponerme a tu lado, darte una palabra de consuelo, una mirada compasiva a cada suspiro, tensión y dolor tuyo. Juntaré tus lágrimas y te sostendré en mis brazos, si te veo desmayar.

Y ahora, desolada mamá, te agradezco en nombre de todos por todo lo que has sufrido; y te ruego, por tu amarga desolación, que me ayudes en el momento de mi muerte. Cuando me encuentro solo y abandonado por todos, en medio de un millar de ansiedades y temores, ven, para devolverme la compañía que te he dado muchas veces en la vida. Ven en mi ayuda; Colócate a mi lado, y haz que el enemigo huya. Lávame el alma con tus lágrimas, Cúbreme con la Sangre de Jesús, Vísteme con sus méritos, Embózame y Cúrame con tus penas y con todos los dolores y obras de Jesús; y en virtud de ellos, deja que todos mis pecados desaparezcan, dándome Perdón. Y mientras respiro por última vez, recíbeme en Tus brazos, colócame bajo Tu manto, escóndeme de la mirada del enemigo, llévame directamente al Cielo y colócame en los Brazos de Jesús. ¡Hagamos este acuerdo, mi querida mamá!

Y ahora, te ruego que devuelvas la compañía que te he dado a todos aquellos que están agonizando. Sé la Mamá de todos; Estos son momentos extremos, y se necesitan grandes ayudas. Por lo tanto, no niegues tu cargo materno a nadie.

Una última palabra: cuando te dejo, te ruego que me encierres en el Sagrado Corazón de Jesús; y tú, mi Madre Dolorosa, sé mi Centinela, para que Jesús no pueda echarme de allí; y yo, aunque quisiera, tal vez no pueda irme. Así que beso tu mano materna; y tú me bendices




Oración para desarmar a la Divina Justicia


¡Oh Jesús![, mientras traspasado te encuentras sobre la cruz, tu alma ya no se halla sobre la tierra, sino en el cielo, con tu Divino Padre, para defender y sostener la causa de nuestras almas.

Crucificado Amor mío, yo también quiero seguirte ante el trono del Eterno y junto contigo quiero desarmar a la divina justicia. Hago mía tu santísima humanidad, unida a tu Voluntad y junto contigo quiero hacer lo que tú haces. Es más, permíteme Vida mía, que mis pensamientos corran en los tuyos, mis latidos en tu Corazón y todo mi ser en ti, para que no vaya a dejar de hacer nada y repita todo lo que tú haces, acto por acto, palabra por palabra.

Pero veo, crucificado Bien mío, que tú, viendo a tu Divino Padre sumamente indignado contra las criaturas, te postras ante él y las escondes a todas dentro de tu santísima humanidad, poniéndonos al seguro, para que el Padre, mirándonos a todos en ti, por amor a ti, no nos arroje de sí mismo. Y si nos mira indignado, es porque tantas almas han desfigurado la bella imagen que él creó y no tienen otro pensamiento que el de ofenderlo; y su inteligencia que debería ocuparse en comprenderlo, la han convertido en una guarida en donde anidan todas sus culpas. Y tú, oh Jesús mío, para aplacarlo, atraes la atención de tu Divino Padre para que mire tu santísima cabeza coronada de espinas en medio de los más atroces dolores, las cuales tienen en tu mente como clavadas a todas las inteligencias de las criaturas, por las que una por una expías para satisfacer a la divina justicia. ¡Oh, cómo todas estas espinas son como voces piadosas que, ante la Majestad Divina, excusan todos los malos pensamientos de las criaturas!

Jesús mío, mis pensamientos son uno sólo con los tuyos; por eso, junto contigo, ruego, imploro, reparo y excuso ante la Majestad Divina por todo el mal que hacen todas las criaturas con la inteligencia. Permíteme que tome tus espinas y tu misma inteligencia y que vaya recorriendo contigo las inteligencias de todas las criaturas uniendo tu inteligencia a las suyas, y que con la santidad de tu inteligencia les devuelva su inteligencia original, tal como fue creada por ti; que con la santidad de tus pensamientos reordene todos los pensamientos de todas las criaturas y te devuelva el dominio y el gobierno sobre todos. ¡Ah, sí, oh Jesús mío, sé únicamente tú quién domine cada pensamiento, cada afecto y a todos los pueblos! Rige únicamente tú todas las cosas, solamente así la faz de la tierra, que causa horror y espanto, se renovará.

Crucificado Jesús mío, me doy cuenta de que ves que tu Divino Padre sigue indignado, que mira a las pobres criaturas y las ve a todas enfangadas de culpas y cubiertas con las más repugnantes asquerosidades, tanto que hasta le da asco a todo el cielo. ¡Oh, cómo queda horrorizada la pureza de la mirada divina, tanto que casi ya no puede reconocer a la pobre criatura como obra de sus santísimas manos! Es más, parece como si fueran monstruos los que ocupan la tierra, los cuales atraen la indignación de la mirada del Padre. Pero tú, ¡oh Jesús mío!, para aplacarlo, tratas de endulzar su mirada cambiando sus ojos por los tuyos, haciéndoselos ver cubiertos de sangre y de lágrimas; y lloras ante su Majestad Divina para moverlo a compasión por la desventura de tantas pobres criaturas; y oigo tu voz que dice:

« Padre mío, es cierto que la ingrata criatura se va enlodando cada vez más con sus culpas, hasta ya no merecer tu mirada paterna; pero mírame, ¡oh Padre!, yo quiero llorar tanto ante ti que llegue a formar un baño de lágrimas y de sangre para lavar todas las inmundicias con las que se han cubierto las criaturas. Padre mío, ¿quieres acaso rechazarme? No, no puedes; soy tu Hijo y al mismo tiempo soy también la cabeza de todas las criaturas y ellas son mis miembros; ¡salvémoslas, Padre mío, salvémoslas! ».

Jesús mío, Amor sin fin, quisiera tener tus ojos para llorar ante la Majestad Suprema por la perdición de tantas pobres criaturas y por estos tiempos tan tristes. Permíteme que tome tus lágrimas y tus mismas miradas, que son una sola cosa con las mías y que vaya en busca de todas las criaturas. Y para moverlas a compasión por sus propias almas y por tu amor, les haré ver que tú lloras por causa de ellas y que mientras ellas se enfangan tú les tienes ya preparadas tus lágrimas y tu sangre para lavarlas y así, al verte llorar, se rendirán a ti. ¡Ah!, con estas lágrimas tuyas, déjame lavar todas las inmundicias de las criaturas; déjame hacer que estas lágrimas entren dentro de sus corazones y ablanden a tantas almas endurecidas en la culpa, que obtenga victoria sobre la obstinación de todos los corazones y que haga penetrar en ellos tus miradas, haciéndoles levantar su mirada al cielo para que te amen y no las dejen seguir vagando sobre la tierra para ofenderte. De este modo, tu Divino Padre ya no desdeñará mirar a la pobre humanidad.

Crucificado Bien mío, veo que el Padre está tan indignado que todavía no se aplaca, porque su paternal bondad, movida por tanto amor hacia la pobre criatura, ha llenado cielos y tierra de tantas pruebas de amor y de beneficios hacia ella, que muy bien se puede decir que a cada paso y en cada acto debería sentir fluir en sí misma el amor y las gracias de ese Corazón paterno, y en cambio, la criatura siempre ingrata, despreciando este amor, no quiere reconocerlo, sino que hace frente a tanto amor, llenando cielos y tierra de insultos, de desprecios y ultrajes, llegando al grado de pisotearlo bajo sus inmundos pies, y hasta queriendo destruirlo idolatrándose a sí misma. ¡Ah, todas estas ofensas se elevan hasta el cielo y llegan ante la Majestad Divina, que se indigna sumamente al ver la villanía de la criatura que llega a insultarla y a ofenderla de mil modos!

Pero tú, ¡oh Jesús mío!, siempre atento para defendernos con la fuerza arrebatadora de tu amor, obligas al Padre a que mire tu santísimo rostro, cubierto de todos estos insultos y desprecios y le dices:

« Padre mío, no desdeñes a la pobre criatura; si los desdeñas a ellos es a mí a quien desdeñas. ¡Ah, aplácate! Todas estas ofensas las tengo sobre mi rostro que te responde por todos. Padre mío, detén tu furor contra la pobre humanidad; están ciegos y no saben lo que hacen. Por eso, obsérvame bien y mira cómo he quedado reducido. Si no te mueves a compasión por la mísera humanidad, que te enternezca al menos mi rostro cubierto de salivazos y sangre, amoratado e hinchado por tantas bofetadas y golpes recibidos. ¡Piedad, Padre mío! Yo era el más bello de los hijos de los hombres, y ahora estoy tan desfigurado que ya no me reconozco, me he convertido en el último de todos los hombres. Por eso, ¡a cualquier precio quiero salvar a la criatura! ».

Jesús mío, pero, ¿es posible que nos ames tanto? Tu amor tritura mi pobre corazón y queriendo seguirte en todo, déjame hacer mío tu rostro santísimo para tenerlo en mi poder de modo que pueda mostrárselo continuamente al Padre, así, desfigurado, para hacer que se mueva a compasión por la pobre humanidad que se encuentra tan oprimida bajo el látigo de la divina justicia y que yace como moribunda.

Permíteme ir a mostrarles a las criaturas tu rostro tan desfigurado por causa suya, para hacer que se muevan a compasión por sus propias almas y por tu amor; que la luz que emana de tu rostro y la fuerza arrebatadora de tu amor, les haga comprender quién eres tú y quienes son ellas que se atreven a ofenderte, para que sus almas, que viven muertas a la gracia a causa de tantos pecados, resurjan, y así todas se postren ante ti, adorándote y glorificándote.

Jesús mío, Crucificado adorable, la criatura continúa sin cesar irritando a la divina justicia y de su lengua resuena el eco de tantas horribles blasfemias, imprecaciones y maldiciones, malas conversaciones, tramas para prepararse a destrozarse, del peor modo posible, entre ellos mismos y llevar a cabo matanzas terribles. ¡Ah!, todos estos ecos ensordecen la tierra y elevándose hasta el cielo ensordecen los oídos divinos. El Padre, cansado de oír estos ecos llenos de veneno que recibe de parte de las criaturas, quisiera deshacerse de ellas, apartándolas de sí mismo, porque todas estas voces llenas de veneno imprecan y piden venganza y justicia contra sí mismas. ¡Ah, cómo la divina justicia se siente obligada a descargar sus flagelos! ¡Cómo tantas blasfemias encienden su ira contra la criatura! Pero tú, ¡oh Jesús mío!, amándonos con tu amor supremo, haces frente a todas estas voces mortales con tu voz omnipotente y creadora, haciendo resonar el eco de tu dulcísima voz en los oídos de tu Padre, para reparar por todas las molestias que le causan las criaturas con el eco de tus bendiciones y alabanzas; y gritas:

« ¡Misericordia! ¡Gracias! ¡Amor para la pobre criatura! ».

Y para aplacarlo todavía más, le muestras tu santísima boca, diciéndole:

« ¡Padre mío, vuelve a mirarme; no escuches las voces de las criaturas, sino la mía; soy yo quién te da Satisfacción por todos! Por eso, te ruego que mires a las criaturas, pero que las mires en mí; si las miras fuera de mí, ¿qué sería de ellas? Son débiles, ignorantes, capaces sólo de hacer el mal, llenas de toda clase de miserias. ¡Piedad, Padre mío! ¡Ten piedad de las pobres criaturas! Yo te respondo por ellas con mi lengua amargada por la hiel, reseca por la sed, abrasada y consumada por el amor ».

Amargado Jesús mío, mi voz en la tuya quiere hacer frente a todas estas ofensas. Déjame que tome tu lengua, tus labios y que haga un recorrido sobre todas las criaturas tocando sus lenguas con la tuya, para que cuando estén por ofenderte, al sentir ellos la amargura de tu lengua, no vuelvan a blasfemar, si no por amor, al menos por la amargura que sientan. Déjame que toque sus labios con los tuyos, y con tu voz omnipotente haz que el fuego de la culpa que está sobre los labios de todos penetre hasta su pecho, y así pueda detener en ellos la corriente de todas las malas palabras transformando sus voces humanas en voces de bendición y alabanzas.

Crucificado Bien mío, ante tanto amor y dolor tuyo, la criatura todavía no se rinde; al contrario, despreciándote sigue añadiendo culpas a más culpas, cometiendo enormes sacrilegios, homicidios, suicidios, duelos, fraudes, engaños, crueldades y traiciones. ¡Ah!, todas estas malas obras, hacen que los brazos del Padre se vuelvan más pesados, quien no pudiendo ya sostener su peso, está a punto de dejarlos caer derramando sobre la tierra cólera y destrucción. Y tú, ¡oh Jesús mío!, para liberar a la criatura de la cólera divina, temiendo verla destruida, tiendes tus brazos al Padre para que no deje caer los suyos y destruya a las criaturas, y ayudándolo con los tuyos a sostener el peso de tantas culpas, lo desarmas y le impides a la justicia que actúe. Y para moverlo a compasión por la mísera humanidad y enternecerlo, con tu voz más conmovedora, le dices:

« Padre mío, mira mis manos destrozadas y estos clavos que me las traspasan y que me tienen clavado junto a todas las obras malas. ¡Ah!, en estas manos siento todos los terribles dolores que me causan todas estas obras malas. ¿No estás contento, oh Padre mío, con mis dolores? ¿Acaso no son capaces de satisfacerte? ¡Ah!, estos brazos míos descoyuntados, serán para siempre cadenas que tendrán a la pobre criatura abrazada a mí, para que no huya de mí, a no ser que alguna quisiera apartarse por la fuerza; y también, estos brazos míos serán las cadenas amorosas que te atarán, Padre mío, para impedirte que destruyas a la pobre criatura; más aún, te atraeré siempre hacia ella para que las llenes de tus gracias y de tu misericordia ».

Jesús mío, tu amor es un dulce encanto para mí y me impulsa a que yo también haga todo lo que haces tú. Por eso, dame tus brazos, que junto contigo quiero impedir que intervenga la divina justicia contra la pobre humanidad, a costa de cualquier sacrificio. Con la sangre que abundantemente sale de tus manos quiero extinguir el fuego de la culpa que enciende su ira y aplacar su furor; y para hacer que el Padre tenga piedad de las pobres criaturas, permíteme que ponga en tus brazos a tantos miembros destrozados, los gemidos de tantos heridos, los corazones adoloridos y oprimidos. Déjame que haga un recorrido por todas las criaturas y que las abrace a todas entre tus brazos, para que todas regresen a tu Corazón. Permíteme que con la potencia de tus manos creadoras detenga la corriente de tantas obras llenas de maldad e impida a todos hacer el mal.

Amable Jesús mío crucificado, la criatura todavía no está satisfecha de ofenderte tanto, quiere beber hasta el fondo las heces de la culpa y corre como enloquecida por el camino del mal. Se precipita de culpa en culpa, desobedece tus leyes y, desconociéndote, se rebela contra ti y casi, sólo para hacerte sufrir, quiere irse al infierno. ¡Oh, cómo se indigna la Majestad Suprema! Y tú, ¡oh Jesús mío!, triunfando sobre todo, incluso sobre la obstinación de las criaturas, para aplacar a tu Divino Padre, le muestras toda tu santísima humanidad lacerada, destrozada horriblemente, y tus santísimos pies traspasados en los que están encerrados todos los pasos de las criaturas, los cuales te causan dolores mortales, tanto que se contorsionan por la atrocidad de los dolores. Y oigo tu voz, más que nunca conmovedora, como si estuvieras por expirar, que a fuerza de amor y de dolor quiere vencer a la criatura y triunfar sobre el Corazón de tu Padre:

« Padre mío, mírame, obsérvame bien de la cabeza a los pies: ¡No se encuentra ya alguna parte sana en mí, no tengo en dónde hacerme abrir nuevas llagas y procurarme más sufrimientos! Si no te aplacas ante este espectáculo de amor y de dolor, ¿quién va a poder aplacarte? ».

« Hijos míos, si ustedes no se rinden a tanto amor, ¿qué esperanza quedará para que se conviertan? Mis llagas y mi sangre serán siempre súplicas, las cuales harán que desciendan del cielo a la tierra gracias de arrepentimiento, de perdón y de compasión hacia la pobre humanidad ».

Jesús mío, me doy cuenta que te haces violencia para aplacar al Padre y vencer a la pobre criatura; por eso, permíteme que tome tus santísimos pies y que vaya en busca de todas las criaturas y ate sus pasos a tus pies, para que si quieren caminar por el camino del mal, al sentir las cadenas con las que los has atado a ti, no puedan ni dar un paso. ¡Ah!, con tus pies haz que retrocedan del camino del mal y ponlas en el sendero del bien, haciéndolas más dóciles a tus leyes; y con tus clavos cierra el infierno, para que nadie más caiga en él. Jesús mío, Amante Crucificado, veo que ya no puedes más. La tensión terrible que sufres sobre la cruz, el continuo rechinar de tus huesos que a cada pequeño movimiento se dislocan cada vez más, tus carnes que se siguen abriendo más y más, las repetidas ofensas que recibes, que cada una te procura una pasión y muerte aún más dolorosa, la sed ardiente que te consume, las penas interiores que te sofocan de tanta amargura, de tanto dolor y amor, y la ingratitud humana, que aún en medio de tantos martirios, te hace frente y penetra como una ola impetuosa dentro de tu Corazón traspasado, ¡ay!, te aniquilan de tal manera, que tu santísima humanidad, no pudiendo resistir el peso de tantos martirios, está a punto de sucumbir y delirando por tanto amor y tantos sufrimientos suplica ayuda y piedad.

Crucificado Jesús mío, ¿será posible que tú que lo riges todo y a todo le das vida tengas que pedir ayuda? ¡Ah!, quiero penetrar en cada gota de tu sangre y derramar la mía para endulzar cada una de tus llagas santísimas, para mitigar el dolor que te causa cada espina y hacer menos dolorosas sus punzadas; y para darle alivio a la intensidad de las amarguras de cada pena interior de tu Corazón, quiero darte vida por vida y, si me fuera posible, quisiera desclavarte de la cruz para ponerme yo en tu lugar. Pero me doy cuenta de que soy nada y nada puedo, de que soy demasiado insignificante, por eso, date totalmente a mí y yo tomaré tu vida y en ti te daré a ti mismo; sólo así mis ansias quedarán satisfechas.

Destrozado Jesús mío, tu santísima humanidad se acaba y no por ti, sino por darle totalmente cumplimiento a nuestra redención. Necesitas ayuda divina y por eso te arrojas en los brazos del Padre y le pides ayuda y piedad. ¡Oh, cómo se enternece el Padre al mirar cómo han destrozado terriblemente tu santísima humanidad, la tremenda obra que ha hecho el pecado en tus sagrados miembros! Y para contentar tus ansias de amor, te estrecha a su Corazón paterno y te da los auxilios necesarios para que le des cumplimiento a nuestra redención; y mientras te estrecha, sientes en tu Corazón que se repiten con más fuerza los martillazos de los clavos, los golpes de los flagelos, las heridas de tus llagas y las punzadas de las espinas. ¡Oh, cómo se conmueve el Padre! ¡Cómo se indigna al ver que todas estas penas llegan hasta tu Corazón por obra de las almas consagradas a ti!

Y en su dolor, te dice:

« Pero, ¿es posible, Hijo mío, que ni siquiera la parte escogida por ti esté toda contigo? Antes al contrario, parece que estas almas piden refugio en tu Corazón sólo para amargarte y darte una muerte más dolorosa, y lo que es peor, todos estos dolores que recibes de parte de ellos van escondidos y cubiertos de hipocresías. ¡Ah, Hijo mío, no puedo seguir conteniendo mi indignación por la ingratitud de estas almas, las cuales me causan más dolor que todas las demás criaturas juntas! ».

Pero tú, ¡oh Jesús mío!, triunfando sobre todo, defiendes a estas almas y con el amor inmenso de tu Corazón haces una reparación por las oleadas de amarguras y las heridas mortales que estas almas te procuran; y para aplacar a tu Padre, le dices:

« Padre mío, mira mi Corazón. Que todos estos dolores te satisfagan y cuanto más amargos, tanto más potentes sean sobre tu Corazón de Padre, para obtener gracias, luz y perdón para todos ellos. Padre mío, no los rechaces: ellos serán los que me defenderán y continuarán mi vida sobre la tierra ».

« ¡Oh amorosísimo Padre mío!, considera que si bien mi humanidad ha llegado ahora al colmo de sus padecimientos, también mi Corazón está por estallar a causa de tantas amarguras y de todas las penas íntimas y de los inauditos tormentos que he sufrido a lo largo de 34 años a partir del primer instante de mi encarnación. Tú conoces bien, oh Padre, la intensidad de estas amarguras interiores, que hubieran sido capaces de hacerme morir a cada momento de puro dolor si nuestra omnipotencia no me hubiera sostenido para poder prolongar mis sufrimientos hasta llegar a esta extrema agonía. ¡Ah!, si no te bastan todas las penas de mi santísima humanidad que te he ofrecido hasta ahora para aplacar tu justicia sobre todos los hombres y para atraer en cambio tu misericordia triunfadora sobre ellos, ahora, especialmente por los extravíos de las almas consagradas a nosotros, yo te presento mi Corazón destrozado, oprimido y quebrantado, pisado en el lagar de cada instante de mi vida mortal ».

« ¡Ah, mírame Padre mío!, este es el Corazón que te ha amado con amor infinito, que siempre ha estado ardiendo de amor por todos mis hermanos, hijos tuyos en mí; este es el Corazón con el que con tanta generosidad he anhelado padecer, para darte la satisfacción completa por todos los pecados de los hombres. ¡Ah, te lo suplico, ten piedad de sus desolaciones, de su continuo penar, de sus tedios, de sus angustias, de sus tristezas ante la muerte! ».

« ¿Acaso ha habido, ¡oh Padre mío!, un solo latido de mi Corazón que no haya buscado tu gloria y la salvación de mis hermanos aun a costa de penas y hasta de mi sangre? ¿No han salido de mi Corazón siempre oprimido ardientes súplicas, gemidos, suspiros y clamores válidos, con los que durante 34 años he llorado y gritado pidiendo misericordia en tu presencia? ».

« Tú me has escuchado, ¡oh Padre mío!, una infinidad de veces y por una infinidad de almas, y te lo agradezco infinitamente; pero ahora, ¡oh Padre!, mira cómo mi Corazón no puede calmarse en medio de tantas penas ni por una sola alma que se le vaya a escapar a su amor, porque nosotros amamos a una sola alma cuanto a todas las almas juntas. ¿Y se dirá que tendré que dar mi último suspiro sobre este doloroso patíbulo viendo perecer miserablemente incluso a almas consagradas a nosotros? Yo me estoy muriendo en un mar de angustias por la iniquidad y la perdición eterna del pérfido Judas, que se comportó tan dura e ingratamente conmigo, que rechazó todos mis más delicados y amorosos detalles, y que además le llegué a hacer tanto bien que hasta lo hice sacerdote y obispo como a los demás apóstoles. ¡Ah Padre mío, que ya termine este abismo de penas! ¡Cuántas almas escogidas por nosotros para esta doble vocación sagrada veo que quieren imitar a Judas, quién más y quién menos! ».

« ¡Ayúdame Padre mío, ayúdame! ¡Yo no puedo soportar todas estas penas! ¡Mira si en mi Corazón puedes hallar alguna fibra que no esté más atormentada que todas las llagas que tengo en mi cuerpo! ¡Mira si toda mi sangre no está brotando, más que de mis llagas, de mi Corazón, que se deshace de amor y de dolor! ¡Piedad, Padre mío, piedad, no para mí que quiero sufrir hasta el infinito por las pobres almas, sino de todas ellas y especialmente de las que han sido llamadas a desposarse con mi amor y a mi santo servicio! ¡Oh Padre!, escucha cómo mi Corazón, próximo a la muerte, acelera sus latidos de fuego y grita: ¡Padre mío, por mis innumerables penas te pido gracias eficaces de arrepentimiento y de verdadera conversión para todas estas infelices almas! ¡Que ninguna de estas almas se nos pierda! ».

« ¡Tengo sed, Padre mío, tengo sed de todas las almas y especialmente de éstas! ¡Tengo sed de sufrir más y más por cada una de estas almas! Siempre he hecho tu Voluntad, Padre mío; que ahora esta Voluntad mía, que es también la tuya, se cumpla perfectamente por amor a mí, tu amadísimo Hijo, en quien has hallado todas tus complacencias ».

¡Oh Jesús mío, ya no resisto más! ¡Me uno a tus súplicas, a tus sufrimientos, a tu amor penante! Dame tu Corazón para que pueda sentir tu misma sed de almas consagradas a ti y para que con los latidos de mi corazón te devuelva el amor y los afectos que ellas te deben. Permíteme que haga un recorrido por todas estas almas y que ponga tu Corazón en ellas, para que cuando apenas los toque puedan calentarse las que están frías, sacudirse las que están tibias, encaminarse de nuevo las que están extraviadas, de modo que puedan volver a recibir todas aquellas gracias que han rechazado. Tu Corazón está sofocado de dolor y de amargura al constatar que por su falta de correspondencia no se han llegado a realizar los planes que habías hecho para ellas, y por lo tanto, que tantas almas que por medio de ellas debían obtener vida y salvación han sufrido las tristes consecuencias. Pero yo les mostraré tu Corazón tan amargado, por su causa; desde tu Corazón las heriré con tus flechas de fuego, presentándoles todas tus súplicas y todos tus sufrimientos por ellas, de modo que no será posible que no se rindan a ti; así regresarán contritas a ti, se verán restablecidos tus amorosos designios sobre ellas y ya no estarán en ti y cerca de ti para ofenderte, sino para repararte, consolarte y defenderte.

Vida mía, crucificado Jesús mío, veo que sigues agonizando en la cruz sin que tu amor quede todavía satisfecho para darle cumplimiento a todo. ¡Yo también agonizo contigo! Quiero llamar a todos los ángeles y a los santos: ¡Vengan, vengan todos al monte Calvario a contemplar los excesos y las locuras de amor de un Dios! Besemos sus llagas ensangrentadas, adorémoslas; sostengamos esos miembros lacerados; démosle gracias a Jesús por haberle dado cumplimiento a nuestra redención.

Démosle también una mirada a nuestra Madre Santísima traspasada por tantas penas y muertes que siente en su Corazón Inmaculado, tantas cuantas ve que su HijoDios está sufriendo; hasta sus mismos vestidos están cubiertos de sangre, como también por todo el monte Calvario se puede ver la sangre de Jesús. Así que, tomemos todos juntos esta sangre y pidámosle a nuestra dolorosa Madre que se una a nosotros; dividámonos por todo el mundo y ayudemos a todos; socorramos a quienes están en peligro para que no perezcan, a los que han caído para que se levanten de nuevo, a los que están a punto de caer para que no caigan. Démosles esta sangre a tantas pobres almas que están ciegas, para que resplandezca en ellas la luz de la verdad; vayamos a donde se encuentran quienes están combatiendo, seamos para ellos vigilantes centinelas, y si están por caer alcanzados por las balas, recibámoslos en nuestros brazos para confortarlos y si se ven abandonados por todos o están impacientes por su triste suerte, démosles esta sangre, para que se resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores. Y si vemos almas que están a punto de caer en el infierno, démosles esta sangre divina que contiene el precio de su redención, para arrebatárselas a Satanás.

Y mientras tendré a Jesús abrazado a mi corazón para defenderlo y reparar por todo, abrazaré a todos a su Corazón, para que todos puedan obtener gracias eficaces de conversión, fortaleza y salvación.

¡Oh Jesús!, tu sangre diluvia de tus manos y de tus pies. Los ángeles haciéndote corona admiran los portentos de tu inmenso amor. Veo a tu Madre al pie de la Cruz traspasada por el dolor, a tu amada Magdalena y al predilecto Juan, y todos como petrificados en un éxtasis de estupor, de amor y de dolor.

¡Oh Jesús!, me uno a ti y me abrazo a tu cruz y hago mías todas las gotas de tu sangre para depositarlas en mi corazón. Y cuando vea irritada a tu divina justicia contra los pecadores, te mostraré esta sangre para aplacarte. Y cuando vea almas obstinadas en la culpa te mostraré esta sangre y en virtud de ella no rechazarás mi plegaria, porque en mis manos tengo la prenda con la que puedo obtenerlo todo.

Por eso, ¡oh Jesús!, a nombre de todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, junto a tu Madre Santísima y a todos los ángeles, me postro ante ti crucificado Bien mío y te digo:

« Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos, porque por tu santa cruz has redimido al mundo ».







Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
 "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.


ORACION 

Oh Jesús mío, no se te escapa un solo acto que no me mantenga presente y que no tenga la intención de hacerme un Bien Especial. Entonces te ruego que Tu Pasión esté siempre en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis pasos y en mis dolores, para que, donde sea que me dirija, dentro y fuera de mí, siempre pueda encontrarte Presente en mí. . Y tú, dame la Gracia para que nunca olvide lo que has soportado y sufrido por mí. Que este sea mi imán, el cual, atrayendo todo mi ser hacia Ti, nunca más me permitirá alejarme de Ti. Amen


Padre nuestro, Dios te salve María y Gloria por las intenciones del Santo Padre