ORACION PREPARATORIA
Oh Madre mía, al mirar el rostro de Jesús dolorido, pálido, triste, angustioso, el recuerdo de los dolores que está a punto de sufrir despierta en ti. Prevén su rostro cubierto de saliva y lo bendices, su cabeza perforada por las espinas, sus ojos cegados, su cuerpo torturado por los azotes, sus manos y pies perforados por los clavos; y donde quiera que vaya, lo sigues con tus bendiciones. Y yo también lo seguiré junto a ti. Cuando Jesús es golpeado por los azotes, coronado de espinas, abofeteado, atravesado por los clavos, en todas partes encontrará mi "Te bendigo" junto con el tuyo.
Y ahora, oh Jesús mío, deja que mi pobre corazón saque la Vida de Tu Corazón, para que yo solo pueda vivir con Tu Corazón; y en cada ofensa que recibas, déjame estar siempre preparado para ofrecerte un alivio, un consuelo, una reparación, un acto de amor, nunca interrumpido.
Te seguiré en todo, para hacerte fiel compañía.
Mi bien afligido, te ofrezco estas estaciones de la cruz en memoria de tu pasión y muerte, para desarmar la justa ira de Dios por los tantos pecados, por el triunfo de la Santa Iglesia, por la conversión de todos los pecadores, por la paz entre los pueblos, especialmente nuestro país, para nuestra santificación, en el sufragio de las almas del purgatorio, que su Reino venga pronto y que sea conocido, amado y poseído por las generaciones humanas.
PRIMERA ESTACION
Jesús es condenado a muerte
Jesús es condenado a Muerte
¡Jesús mío, Amor infinito, más te miro y más comprendo cuánto sufres! Te encuentras de tal forma lacerado que no queda parte sana en ti. Los verdugos, volviéndose todavía más feroces, al ver que tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto amor que tu mirada llena de amor forma un dulce encanto, casi como si hablara rogando y suplicando más y más penas, aunque son inhumanos, de todos modos se sienten forzados por tu amor a ponerte de pie; pero tú, no pudiendo mantenerte parado, caes de nuevo en tu sangre, y ellos, irritados, a patadas y a empujones te hacen llegar al sitio en donde te coronarán de espinas.
Amor mío, si tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no podré seguir viéndote sufrir; siento ya un escalofrío que me llega hasta los huesos, mi corazón salta, me siento morir... ¡Jesús, Jesús, ayúdame!
Y mi amable Jesús me dice:
« Ánimo, hijo mío, no vayas a perderte nada de lo que he sufrido; pon atención a mis enseñanzas. Yo debo rehacer al hombre en todo; la culpa le ha quitado su corona y lo ha coronado de oprobios y de confusión, de modo que no puede comparecer ante mi majestad. La culpa lo ha deshonrado, haciéndole perder cualquier derecho a los honores y a la gloria, es por eso que quiero ser coronado de espinas, para volver a ponerle al hombre sobre la frente su corona, y para devolverle todos los derechos a toda clase de honor y gloria. Y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por tantos pecados de pensamiento, especialmente de soberbia, y serán también voces de luz para cada mente creada con las que les suplicaré que no me ofendan. Por eso, únete a mí, ora y repara junto conmigo ».
Coronado Jesús mío, tus crueles enemigos hacen que te sientes, te echan encima un trapo viejo de púrpura, toman la corona de espinas, y con furia infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza; y con un palo, a base de golpes, hacen que las espinas penetren sobre tu frente y parte de ellas se te clavan hasta en los ojos, en los oídos, en el cráneo y hasta por detrás de la nuca.
Amor mío, ¡qué penas tan desgarradoras e indescriptibles! ¡Cuántas muertes tan crueles sufres! Tu sangre corre sobre tu rostro, de manera que ya no se ve más que sangre; pero bajo esas espinas y esa sangre se puede ver todavía tu rostro santísimo, radiante de dulzura, de paz y de amor. Y los verdugos, queriendo concluir la tragedia, te vendan los ojos, te ponen en la mano una caña como si fuera un cetro y dan inicio a sus burlas. Te saludan cual Rey de los judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas y dicen:
« Adivina, ¿quién te ha golpeado? ».
Y tú callas y respondes reparando las ambiciones de quienes aspiran a los reinos, a las dignidades, a los honores, y por quienes ocupando estos puestos, no comportándose debidamente, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos y que, por sus malos ejemplos, incitan al mal y a que las almas se pierdan.
Y con esa caña que tienes en la mano, tú reparas por tantas obras buenas, vacías de espíritu interior o incluso hecho con malas intenciones. Con los insultos y esa venda, reparas por quienes ponen en ridículo las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas; reparas también por quienes se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad.
Y con la venda ruegas por nosotros para que nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y de los placeres.
Jesús, Rey mío, tus enemigos te siguen insultando; tu sangre chorrea tanto de tu santísima cabeza que llegándote hasta la boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, por lo que no puedo hacer lo que tú estás haciendo; por eso me arrojo a tus brazos y quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida y poner la mía debajo de tus espinas, para sentir sus punzadas...
Pero mientras estoy diciendo esto, Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su Corazón y trato de sostener su cabeza. ¡Oh, qué gusto da estar con Jesús, aún en medio de mil tormentos!
Y él me dice:
« Hijo mío, estas espinas proclaman que quiero ser constituido Rey de cada corazón; a mí me corresponde todo dominio; y tú, toma estas espinas y atraviesa con ellas tu corazón y haz que salga de él todo lo que a mí no me pertenece; deja dentro de tu corazón una espina, como señal de que yo soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti; luego recorre todos los corazones de las criaturas y traspasándolos con mis espinas haz que salgan de ellos todos los humos de soberbia, la podredumbre que tienen, y constitúyeme Rey de todos ».
Amor mío, el corazón se me oprime cuando te dejo. Por eso te suplico: que ensordezcas mis oídos con tus espinas, para que ya no pueda oír alguna otra voz que no sea la tuya; que cubras con tus espinas mis ojos, para tener ojos solamente para mirarte a ti; que me llenes con tus espinas la boca, para que mi lengua permanezca muda a todo lo que pueda ofenderte y se encuentre libre para alabarte y bendecirte en todo. ¡Oh Jesús, Rey mío!, rodéame de espinas y que estas espinas me cuiden, me defiendan y me tengan abismado totalmente en ti.
Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, pues veo que tus enemigos te conducen ante Pilato, quien te condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a seguir tu doloroso camino y bendíceme.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos" porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
Segunda estación
Jesús con la cruz a cuestas
Destrozado Bien mío, contigo reparo, contigo sufro; mas veo que tus enemigos te empujan por la escalera; la multitud te espera con ansia y furor; hacen que encuentres ya preparada la cruz que con tantos suspiros buscas, la miras con amor, y con paso decidido te acercas a ella para abrazarla. Pero antes la besas y sientes como un escalofrío de alegría por toda tu santísima humanidad, y con un gozo supremo, vuelves a mirarla y mides su longitud y su anchura; en ella estableces ya una porción para todas las criaturas y les das la dote suficiente para vincularlas a la Divinidad con el vínculo nupcial y para hacerlas herederas del Reino de los Cielos. Y luego, no pudiendo contener tu amor por las criaturas, vuelves a besar la cruz y le dices:
« ¡Cruz adorada, finalmente te abrazo! Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi amor; pero tú, oh cruz, has tardado tanto, mientras que mis pasos siempre hacia ti se dirigían. Cruz santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia sobre la tierra. En ti yo concentro todo mi ser, en ti pongo a todos mis hijos, tú serás su vida, su luz, su defensa, tú serás quien me los cuide y les des fuerza, tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al cielo. ¡Oh cruz, cátedra de sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos! Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo yo que abandonar la tierra, te quedarás tú en mi lugar; a ti te doy como dote a todas las almas. ¡Cuídamelas, sálvamelas, a ti te las confío! ».
Y diciendo esto, lleno de ansiedad haces que te la pongan sobre los hombros. ¡Ah, Jesús mío!, la cruz para tu amor es demasiado ligera, pero al peso de la cruz se une el de nuestras enormes e inmensas culpas que se extienden tanto cuanto el cielo; y tú, triturado Bien mío, sientes que el peso de tantas culpas te aplasta. Tu alma se horroriza ante su vista y sientes la pena propia de cada culpa; tu santidad queda sacudida ante tanta monstruosidad. Por eso, sosteniendo la cruz sobre tus hombros, vacilas, respiras afanosamente y de tu santísima humanidad empieza a brotar un sudor mortal.
¡Ah, Amor mío, no me animo a dejarte solo!; quiero dividir contigo el peso de la cruz, y para darte alivio por el peso de tantas culpas, me estrecho a tus pies. Quiero darte a nombre de todas las criaturas amor por quien no te ama; alabanzas por quien te desprecia; bendiciones, gratitud y obediencia por todos. Es mi intención solemne ofrecerte todo mi ser en reparación por cualquier ofensa que recibas, hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hagan y consolarte con mis besos y mis continuos actos de amor. Pero veo que yo soy demasiado miserable y tengo necesidad de ti para poder darte verdadera reparación; por eso, me uno a tu santísima humanidad y junto contigo uno mis pensamientos a los tuyos para reparar los malos pensamientos míos y de todos; uno mis ojos a los tuyos para reparar las malas miradas; uno mi boca a la tuya para reparar por las blasfemias y las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo, para reparar las malas inclinaciones, los malos deseos y los malos afectos; en una palabra, quiero reparar por todo lo que repara tu santísima humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al inmenso bien que les haces a todos. Pero no me contento todavía; quiero unirme a tu Divinidad, para hacer que mi vida se pierda en ella y así pueda darte todo.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
TERCERA ESTACION
Pero es tanto tu dolor, que sientes que el peso de la cruz te aplasta. Apenas has dado los primeros pasos y ya caes bajo su peso y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan todavía más en tu cabeza, mientras que todas tus heridas se te vuelven a abrir y empiezan a sangrar de nuevo; y no teniendo fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a puntapiés y a empujones tratan de ponerte de pie.
Caído Amor mío, déjame ayudarte a ponerte de pie, déjame que te bese, que te limpie la sangre y que repare junto contigo por quienes pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te suplico que ayudes a estas almas.
Mi Amor caído, déjame ayudarte a pararme, déjame besarte, secar Tu Sangre y reparar contigo por los que pecan por ignorancia, fragilidad y debilidad. Te ruego que ayudes a estas almas.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
CUARTA ESTACION
Jesús se encuentra con su Santísima Madre
Vida mía, Jesús, tus enemigos, haciéndote sufrir penas inauditas, han logrado ponerte de pie y mientras vacilante caminas, siento tus afanosos respiros; tu Corazón late con más fuerza y nuevas penas lo traspasan cruelmente; sacudes la cabeza para liberar tus ojos de la sangre que los cubre y buscas con ansiedad... ¡Ah, Jesús mío, ahora comprendo todo! Es tu Madre, que cual paloma herida te está buscando. Quiere decirte su última palabra y recibir tu última mirada; tú sientes sus penas, su Corazón lacerado en el tuyo, enternecido y herido por el amor mutuo. La encuentras abriéndose paso a través del gentío queriendo a toda costa verte, abrazarte y decirte por última vez: « Adiós ». Pero tú quedas aún más adolorido al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en ella por la fuerza del amor. Si ella sigue con vida es solamente por un milagro de tu omnipotencia divina. Diriges tus pasos hacia ella, pero a duras penas pueden cruzarse la mirada.
¡Oh dolor del Corazón de ambos! Los soldados se han dado cuenta y a golpes y empujones impiden que Madre e Hijo se despidan por última vez.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
QUINTA ESTACION
Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz
Tus enemigos, entonces, por temor a que mueras bajo la cruz, obligan al Cirineo a ayudarte a llevar la cruz y él te ayuda, pero de mala gana y a regañadientes, no por amor, sino por la fuerza. Entonces, en tu Corazón hacen eco todos los lamentos de quienes sufren las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir. Pero quedas mucho más adolorido al ver que las almas consagradas a ti, cuando las llamas para que te acompañen y te ayuden en tu dolor, huyen de ti; y si tú con el dolor las quieres estrechar a ti, ¡ah!, ellas se zafan de tus brazos para ir en busca de placeres, dejándote así sufriendo solo.
Jesús mío, mientras reparo contigo, te ruego que me estreches entre tus brazos tan fuertemente, que no llegue a haber ninguna pena que tú sufras en la que yo no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
Sexta estación
La Verónica limpia el rostro de Jesús
Quebrantado Jesús mío, a duras penas caminas encorvado totalmente. Pero te detienes y buscas con la mirada. Corazón mío, ¿qué pasa, qué quieres? ¡Ah!, es la Verónica, que valientemente, sin ningún temor, enjuga con un paño tu rostro cubierto totalmente de sangre, y tú se lo dejas impreso en señal de gratitud.
Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte, y no con un paño, sino que quiero ofrecerte todo mi ser para darte alivio; quiero entrar en tu interior, ¡oh Jesús!, y darte latidos por latidos, respiros por respiros, afectos por afectos, deseos por deseos; quiero arrojarme en tu santísima inteligencia y haciendo correr todos esos latidos, respiros, afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos al infinito. Quiero, ¡oh Jesús mío!, formar olas de latidos, para hacer que ningún latido malo repercuta en tu Corazón y así poder dar alivio a todas tus íntimas amarguras; quiero formar olas de afectos y de deseos, para alejar de ti todos los malos afectos y los malos deseos que pudieran entristecer en lo más mínimo tu Corazón; y también, quiero formar olas de respiros y de pensamientos que pongan en fuga cualquier respiro y pensamiento que pudiera desagradarte en lo más mínimo. Pondré mucha atención, ¡oh Jesús!, para hacer que ya nada te aflija o añada otras amarguras a tus penas íntimas.
¡Oh Jesús mío!, ¡ah!, haz que todo mi interior nade en la inmensidad del tuyo, así podré hallar amor suficiente y voluntad capaz de hacer que no entre en tu interior un amor malo ni una voluntad que pueda desagradarte.
Mientras tanto, tus enemigos, viendo mal este acto de la Verónica, te fustigan, te empujan y hacen que prosigas tu camino.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae la segunda vez
Es tan grande la angustia de ambos, que tu Madre queda petrificada por el dolor y está a punto de desvanecerse; el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen, mientras que tú vuelves a caer bajo la cruz. Y entonces, tu dolorosa Madre, lo que no puede hacer con el cuerpo al verse imposibilitada, lo hace con el alma. Entra dentro de ti, hace suya la Voluntad Divina del Padre y asociándose a todas tus penas, hace su oficio de Madre: te besa, te repara, te cura y derrama sobre todas tus llagas el bálsamo de su doloroso amor.
Penante Jesús mío, yo también me uno a tu dolorosa Madre; hago mías todas tus penas y en cada gota de tu sangre, en cada llaga, quiero serte madre y junto contigo y con tu Madre quiero reparar por todos los encuentros peligrosos y por quienes se exponen a las ocasiones de pecado o que forzados a exponerse por necesidad quedan atrapados por el pecado.
Y tú, mientras tanto, gimes caído bajo la cruz. Los soldados temen que vayas a morir bajo el peso de tantos tormentos y por la pérdida de tanta sangre; es por eso que a fuerza de latigazos y puntapiés tratan de ponerte de pie a duras penas. De este modo reparas las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas y ruegas por los pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su conversión.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
Octava estación
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Mientras tanto, los enemigos, desaprobando este acto de Verónica, te azotan, empujan y empujan en el camino. Unos pasos más y te detienes de nuevo. Incluso bajo el peso de tanto sufrimiento, Tu Amor no se detiene, y al ver a las mujeres piadosas llorando a causa de Tus Dolores, te olvidas de ti mismo y las consuelas diciendo: "Hijas, no lloren por Mis Dolores, sino por sus pecados y sobre tus hijos ”. Qué enseñanza tan sublime; ¡Qué dulce es tu palabra! Oh Jesús, contigo, Reparo por la falta de Caridad, y te pido la Gracia de hacerme olvidar, para no recordar nada más que Tú Solo.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
NOVENA ESTACION
Jesús cae por tercera vez
Pero tus enemigos, al oírte hablar se ponen furiosos y te jalan de las cuerdas y te empujan con tanta rabia, que te hacen caer y cayendo te golpeas en las piedras; el peso de la cruz te tortura y tú te sientes morir. Déjame que te sostenga y que proteja con mis manos tu santísimo rostro. Veo que tocas la tierra y estás agonizando en tu propia sangre; pero tus enemigos te quieren poner de pie jalándote de las cuerdas, levantándote por los cabellos, dándote de puntapiés..., pero todo es en vano. ¡Te estás muriendo, oh Jesús mío! ¡Qué pena! ¡Se me rompe el corazón por el dolor! Casi arrastrándote, te llevan al monte Calvario; y mientras te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas consagradas a ti, que te dan tanto peso, que por más que te esfuerzas para levantarte, te resulta imposible... Y así, arrastrado y pisoteado, llegas al Calvario dejando por donde pasas las rojas huellas de tú preciosísima sangre.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
Y aquí te esperan nuevos dolores. Te vuelven a desvestir arrancándote de nuevo tus vestiduras junto con la corona de espinas. ¡Ah!, tú gimes al sentir que te arrancan de la cabeza las espinas; y al arrancarte tus ropas, te arrancan también tus carnes laceradas que se encuentran pegadas a ellas. Tus llagas se vuelven a abrir, la sangre diluvia corriendo hasta el suelo y es tan grande tu dolor, que casi muerto, caes. Pero nadie se mueve a compasión por ti, mi Bien. Al contrario, con rabia bestial te ponen de nuevo la corona de espinas a fuerza de golpes; y es tan insoportable tanto dolor por las laceraciones y por los cabellos que pegados a tu sangre coagulada te han arrancado, que solamente los ángeles podrían decir todo lo que sufres, mientras que ellos horrorizados y llorando retiran sus miradas celestiales.
Desnudado Jesús mío, déjame que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un sudor mortal friísimo invade toda tu santísima humanidad. ¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir la tuya que has perdido para darme vida!
Y mientras tanto, Jesús, mirándome con sus ojos llorosos y moribundos, parece que me dice:
« ¡Hijo mío, cuánto me cuestan las almas! Este es el lugar en donde espero a todos para salvarlos y donde quiero reparar los pecados de quienes llegan a degradarse hasta por debajo de las bestias y que se obstinan tanto en ofenderme, que llegan a no saber vivir sin estar pecando. Su razón queda ciega y pecan frenéticamente; por eso me vuelven a poner la corona de espinas por tercera vez. Y al ser desnudado reparo por quienes se visten lujosamente y con indecencia, por los pecados contra la modestia y por quienes están tan atados a las riquezas, a los honores y a los placeres, que de todo eso se hacen un dios para sus corazones. ¡Ah, sí!, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero, es porque la Voluntad de mi Eterno Padre aún no ha decretado el momento de mi muerte ».
Desnudado Bien mío, mientras reparo contigo, te suplico que con tus santísimas manos me despojes de todo y que no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón; vigílamelo, rodéalo con tus penas y llénalo con tu amor. Haz que mi vida no sea más que la repetición de tu vida y confirma este despojo con tu bendición.
¡Oh Jesús!, bendíceme de corazón y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa crucifixión, para quedar crucificado junto contigo.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”
UNDECIMA ESTACION
Jesús es clavado en la cruz
La crucifixión
Dulce Bien mío, ya te extiendes sobre la cruz, miras a los verdugos, quienes tienen en sus manos los clavos y el martillo que usarán para clavarte, pero los miras con tanto amor y dulzura, que como que los invitas dulcemente a que te crucifiquen de inmediato. Y ellos, aunque con gran repugnancia, te sujetan con ferocidad inhumana la mano derecha, ponen el clavo y a golpes de martillo hacen que salga por el otro lado de la cruz; pero es tanto y tan tremendo el dolor que sufres, ¡oh Jesús mío!, que estás temblando: la luz de tus ojos se eclipsa, tu rostro santísimo se pone lívido y pálido...
Diestra bendita, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias por mí y por todos. Por cuantos fueron los golpes que recibiste, tantas almas te pido que liberes en este momento de la condena del infierno; por cuantas gotas de sangre derramaste, tantas almas te ruego que laves en tu preciosísima sangre; y por el dolor atroz que sufriste, sobre todo cuando te clavaron sobre la cruz estirándote los nervios de los brazos, te ruego que les abras a todos el cielo y que bendigas a todos; que tu bendición llame a la conversión a todos los pecadores y a la luz de la fe a los herejes e infieles.
¡Oh Jesús mío, dulce Vida mía!, habiéndote crucificado ya la mano derecha, tus enemigos, con inaudita crueldad, toman la mano izquierda y te la jalan tanto, para hacer que llegue al agujero que ya habían empezado, que sientes que se te dislocan las articulaciones de los brazos y de los hombros, y por la violencia del dolor tus piernas convulsionan y se contraen.
Mano izquierda de mi Jesús, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias; te ruego que por esos golpes y por los dolores que sufriste cuando te la atravesaron con el clavo, me concedas en este momento que tantas almas puedan emprender el vuelo del purgatorio al cielo; y por la sangre que derramaste te suplico que extingas las llamas que atormentan a estas almas y que sea para todas refrigerio y baño saludable que las purifique de toda mancha disponiéndolas a la visión beatífica.
Amor mío y Todo mío, por el agudo dolor que sufriste cuando te clavaron la mano izquierda, te ruego que les cierres el infierno a todas las almas y que contengas los rayos de la divina justicia, que por desgracia está tan irritada a causa de nuestras culpas. ¡Ah, Jesús!, haz que este clavo sea en tu mano izquierda la llave que le cierre para siempre la puerta a la divina justicia, para hacer que ya no lluevan sus flagelos sobre la tierra y que al mismo tiempo abra los tesoros de tu divina misericordia en favor de todos. Por eso te suplico que nos estreches entre tus brazos.
Parece que ya has quedado inmóvil para todo, quedando nosotros libres para poder hacerte todo lo que queramos. Por eso pongo en tus manos el mundo entero y a todas las generaciones humanas, y te ruego Amor mío, con la voz de tu misma sangre, que no le niegues a nadie el perdón y, por los méritos de tu preciosísima sangre, te pido la salvación y la gracia divina para todos, sin excluir a nadie, ¡oh Jesús mío! Amor mío, Jesús, tus enemigos no están satisfechos todavía; con ferocidad diabólica cogen tus santísimos pies, siempre incansables en busca de almas y, así como estaban, contraídos por la fuerza del dolor de las manos, tiran de ellos tan fuertemente que quedan descoyuntadas las rodillas, las costillas y todos los huesos de tu pecho. Mi corazón no puede resistir, oh Bien mío, al ver que por la vehemencia del dolor, tus hermosos ojos eclipsados y cubiertos de sangre se ponen en blanco, tus labios lívidos e hinchados por los golpes se tuercen, tus mejillas se hunden, tus dientes tiemblan terriblemente, el pecho te sofoca, y tu Corazón, por la tensión tan grande con la que han sido estirados tus manos y tus pies, sufre violentas convulsiones... ¡Amor mío, con cuántas ganas me pondría yo en tu lugar para evitarte tanto dolor! Quiero extenderme sobre todos tus miembros, para darte por todos, alivio, para darte un beso, un consuelo, una reparación por todo.
Jesús mío, veo que te colocan un pie sobre el otro y te los atraviesan con un clavo, por añadidura sin punta. ¡Ah!, permíteme que mientras el clavo te atraviesa los pies, te ponga en el pie derecho a todos los sacerdotes para que sean luz de los pueblos, especialmente a quienes no conducen una vida buena y santa; y en tu pie izquierdo déjame poner a todos los pueblos, para que reciban la luz de parte de los sacerdotes, los respeten y les sean obedientes; y que así como te atraviesa los dos pies, traspase a los sacerdotes y a los pueblos, para que unos y otros no puedan separarse de ti.
¡Oh Jesús!, beso tus pies santísimos, los compadezco, los adoro y les doy gracias por los dolores tan atroces que sufriste cuando fuiste estirado, descoyuntándose todos tus huesos; y por la sangre que derramaste, te suplico que encierres a todas las almas en tus llagas. No desdeñes a nadie, ¡oh Jesús! Que tus clavos crucifiquen nuestras potencias para que no se separen de ti; nuestro corazón, para que quede siempre y solamente fijo en ti; que todos nuestros sentimientos queden clavados con tus clavos para que no tomen gusto alguno que no provenga de ti.
¡Oh crucificado Jesús mío!, te veo todo ensangrentado como nadando en un mar de sangre, y estas gotas de sangre no hablan más que de almas; es más, en cada una de estas gotas de sangre veo presentes a las almas de todos los siglos; así que a todos nos contenías en ti, ¡oh Jesús! Por eso, por la potencia de esta sangre te pido que jamás vuelva a huir nadie de ti.
¡Oh Jesús mío!, terminando los verdugos de clavarte los pies, yo me acerco a tu Corazón; me doy cuenta de que ya no puedes más, pero tu amor grita más fuerte:
« ¡Quiero más penas! ».
Jesús mío, abrazo tu Corazón, te beso, te compadezco, te adoro y te doy gracias por mí y por todos. ¡Oh Jesús!, quiero apoyar mi cabeza sobre tu Corazón para sentir lo que sufres en tu crucifixión. ¡Ah! ciento que cada golpe de martillo repercute en tu Corazón, que es el centro de todo: por él empiezan todos tus dolores y en él terminan. ¡Ah!, si no fuera porque esperas la lanza que debe traspasarte el Corazón, ya las llamas de tu amor y tu sangre que hierve en torno a él se hubieran hecho camino y ellas mismas te lo habrían traspasado. Esta sangre y estas llamas llaman a las almas amantes para que hagan su feliz morada en tu Corazón; y yo, ¡oh Jesús!, por amor a este Corazón y por tu sacratísima sangre, te pido, te suplico por la santidad de las almas que te aman. ¡Oh Jesús, no las dejes salir jamás de tu Corazón! Y con tu gracia, multiplica las vocaciones de almas víctimas que continúen tu vida sobre la tierra. Tú quisieras darles un lugar especial en tu Corazón a estas almas amantes: haz que jamás vayan a perderlo.
¡Oh Jesús!, que las llamas de tu Corazón me abrasen y me consuman, que tu sangre me embellezca, que tu amor me tenga siempre clavado al amor con el dolor y la reparación.
¡Oh Jesús mío!, los verdugos, después de haberte clavado las manos y los pies en la cruz, la voltean para remachar los clavos y te obligan a que toques con tu divino rostro la tierra ensangrentada con tu propia sangre y con tu boca divina le das un beso. Con este beso, ¡oh Amor mío!, quieres besar a todas las almas y vincularlas a tu amor, sellando su salvación. ¡Oh Jesús!, déjame tomar tu lugar, y mientras los verdugos remachan los clavos, haz que estos golpes me hieran también a mí y que me crucifiquen totalmente a tu Amor.
Jesús mío, pongo mi cabeza en la tuya y mientras las espinas se van hundiendo cada vez más en tu cabeza, quiero ofrecerte, dulce Bien mío, todos mis pensamientos, para que como besos llenos de amor te consuelen y mitiguen el dolor que te causan las espinas.
¡Oh Jesús!, pongo mis ojos en los tuyos y veo que tus enemigos todavía no están satisfechos de tantos insultos y burlas, y yo quiero consolar tus miradas divinas con mis miradas de amor.
Pongo mi boca en la tuya, ¡oh Jesús! Tu lengua ya casi está pegada al paladar por la amargura de la hiel y por la sed abrasadora; y para aplacar tú sed, ¡oh Jesús mío!, quisieras que todos los corazones de las criaturas estuvieran rebosantes de amor; y no teniéndolos te consumes cada vez más por ellos. Dulce Amor mío, quiero ofrecerte ríos de amor, para mitigar de algún modo la amargura de tu sed ardiente.
¡Oh Jesús mío!, pongo mis manos en las tuyas; veo que en cada movimiento que haces, las llagas de tus manos se van abriendo cada vez más y más, y el dolor se hace más intenso y amargo. Amado Bien mío, quiero ofrecerte todas las obras santas de las criaturas para confortar y endulzar de algún modo la amargura de tus llagas.
¡Oh Jesús!, pongo mis pies en los tuyos. ¡Cuánto sufres! Todos los movimientos de tu sacratísimo cuerpo parecen repercutir en los pies y nadie está cerca de ti para socorrerte y mitigar de algún modo la acerbidad de tus dolores. ¡Oh Jesús mío!, quisiera girar por todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, tomar todos los pasos de las criaturas y ponerlos en los tuyos para sostenerte y darte alivio, antes bien oh Jesús mío, quiero poner todos los pasos del Eterno en los tuyos para así poder darle un verdadero alivio a tu divina persona.
¡Oh Jesús mío!, pongo mi corazón en el tuyo. ¡Pobre Corazón, cómo está destrozado! Si mueves los pies, sientes como que te arrancan los nervios de la punta de tu Corazón; si mueves las manos, los nervios de los dos lados de tu Corazón quedan peor que si te los jalaran con clavos; oh Jesús, si mueves la cabeza, la boca del Corazón te sangra y vuelves a sentir toda la crucifixión. ¡Oh Jesús mío!, ¿cómo podré confortar tanto dolor? Me difundiré en ti, pondré mi corazón en el tuyo, mis deseos en los tuyos que son ardientísimos, para destruir los malos deseos de las criaturas; difundiré mi amor en el tuyo, para que con tu fuego se enciendan todos los corazones de las criaturas y se destruyan los amores profanos; me difundiré en tu Santísima Voluntad para poder aniquilar todo acto maligno; y es así que tu Corazón queda confortado y yo te prometo, ¡oh Jesús!, que de ahora en adelante me quedaré siempre clavado a tu Corazón con los clavos de tus deseos, de tu amor y de tu Voluntad.
¡Oh Jesús mío!, crucificado tú, crucificado yo en ti. No permitas que me desclave en lo más mínimo de ti, sino que quede siempre clavado, para poder amarte y repararte por todos, y mitigar así [el dolor] que te causan las criaturas con las ofensas.
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
Duodécima estación
Jesús muere en la cruz
Mi moribundo crucificado, Jesús, ahora estás a punto de dar los últimos alientos de tu vida mortal; Tu Santísima Humanidad ya está rígida; Tu corazón parece no latir más. Con Magdalena me aferro a Tus pies y, si fuera posible, me gustaría dar mi vida para revivir la tuya.
Mientras tanto, oh Jesús, veo que abres de nuevo tus ojos moribundos y miras a tu alrededor desde la Cruz, como queriendo dar el último adiós a todos. Miras a Tu mamá moribunda, que ya no tiene movimiento ni voz, muchos son los dolores que Ella siente; y dices: “Adiós, mamá, me voy, pero te guardaré en mi corazón. Tú, cuida de Mis hijos y de los Tuyos. "Miras a Magdalena llorando, a Juan fiel y a tus enemigos, y con Tus Miradas les dices:" Te perdono; Te doy el beso de la paz”. Nada escapa a tu mirada; Te despides de todos y perdonas a todos. Luego, reúnes todas tus fortalezas y, con una voz fuerte y atronadora, clamas: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
E inclinando tu cabeza, expiras.
Mi Jesús, en este grito, toda la naturaleza se sacude y llora por tu muerte, ¡la muerte de su Creador! La tierra tiembla fuertemente; y con su temblor, parece estar llorando y queriendo sacudir las almas para que te reconozcan como el verdadero Dios. El velo del templo se rasga; los muertos han resucitado el sol, que hasta ahora había llorado sobre Tus dolores, ha retirado su luz con horror. Ante este grito, tus enemigos caen de rodillas y, golpeando sus pechos, dicen: "En verdad, Él es el Hijo de Dios". Y tu madre, petrificada y moribunda, sufre dolores más duros que la muerte.
Mi Jesús muerto, con este grito, Tú también nos colocas a todos en las Manos del Padre, porque no nos rechazas. Por lo tanto, clama en voz alta, no solo con su voz, sino con todos sus dolores y con las voces de su sangre: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu y todas las almas”. Jesús mío, yo también me abandono en ti; y Me das la Gracia de morir completamente en Tu Amor, en Tu Voluntad, y te pido que nunca me permitas, ni en la vida ni en la muerte, salir de Tu Santísima Voluntad. Mientras tanto, tengo la intención de reparar para todos aquellos que no se abandonan perfectamente a su Santísima Voluntad, por lo tanto, perdiendo o mutilando el Precioso Regalo de tu Redención. ¿Cuál no es el dolor de tu corazón, oh Jesús mío, al ver a tantas criaturas escapando de tus brazos y abandonándose a sí mismas? Ten piedad de todos, oh Jesús mío, ten piedad de mí.
Y ahora, mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
DECIMOTERCERA ESTACION
Jesús es bajado de la cruz
Jesús mío, veo que tus enemigos levantan el pesado leño de la cruz y lo dejan caer en el hoyo que han hecho; y tú, dulce Amor mío, quedas suspendido entre el cielo y la tierra. Y, ¡oh!, en este solemne momento te diriges al Padre y con voz débil y apagada le dices:
« Padre Santo, aquí estoy, cargado de todos los pecados del mundo; no hay culpa que no recaiga sobre mí. Por eso, ya no descargues sobre los hombres los flagelos de tu divina justicia, sino sobre mí, tu Hijo. ¡Oh Padre!, permíteme vincular a esta cruz a todas las almas y que implore perdón para todas ellas con las voces de mi sangre y de mis llagas. ¡Oh Padre!, ¿no ves a qué estado me he reducido? Por esta cruz y en virtud de estos dolores, concédeles a todos verdadera conversión, paz, perdón y santidad ».
Mi bien crucificado, en nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu mamá y con todos los ángeles, me postro ante ti y te digo:
"Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", porque por tu santa cruz redimiste el mundo”.
Decimocuarta estación
Jesús está puesto en el sepulcro
Mi Madre Dolorosa, veo que te dispones al Sacrificio Final de tener que dar el Entierro a tu Hijo sin vida, Jesús. Muy perfectamente resignada a la voluntad de Dios, lo acompañas y lo colocas en el sepulcro con tus propias manos. Y ahora, mi afligida mamá, permíteme besar su corazón y tomar su sangre más preciosa; y tú mismo, encierra su corazón en el mío, para que pueda vivir de su amor, de sus deseos, de sus dolores. Por último, tome la rígida mano derecha de Jesús para que pueda darme la última bendición.
La piedra cierra el sepulcro. Y tú, torturado, bésalo y llora. Le das el último adiós y te vas. Pero tu dolor es tan grande, que permaneces casi petrificado mientras tu sangre se enfría. Mi mamá traspasada, junto contigo, me despido de Jesús; y llorando, quiero compadecerte y acompañarte en tu amarga desolación. Quiero ponerme a tu lado, darte una palabra de consuelo, una mirada compasiva a cada suspiro, tensión y dolor tuyo. Juntaré tus lágrimas y te sostendré en mis brazos, si te veo desmayar.
Y ahora, desolada mamá, te agradezco en nombre de todos por todo lo que has sufrido; y te ruego, por tu amarga desolación, que me ayudes en el momento de mi muerte. Cuando me encuentro solo y abandonado por todos, en medio de un millar de ansiedades y temores, ven, para devolverme la compañía que te he dado muchas veces en la vida. Ven en mi ayuda; Colócate a mi lado, y haz que el enemigo huya. Lávame el alma con tus lágrimas, Cúbreme con la Sangre de Jesús, Vísteme con sus méritos, Embózame y Cúrame con tus penas y con todos los dolores y obras de Jesús; y en virtud de ellos, deja que todos mis pecados desaparezcan, dándome Perdón. Y mientras respiro por última vez, recíbeme en Tus brazos, colócame bajo Tu manto, escóndeme de la mirada del enemigo, llévame directamente al Cielo y colócame en los Brazos de Jesús. ¡Hagamos este acuerdo, mi querida mamá!
Y ahora, te ruego que devuelvas la compañía que te he dado a todos aquellos que están agonizando. Sé la Mamá de todos; Estos son momentos extremos, y se necesitan grandes ayudas. Por lo tanto, no niegues tu cargo materno a nadie.
Una última palabra: cuando te dejo, te ruego que me encierres en el Sagrado Corazón de Jesús; y tú, mi Madre Dolorosa, sé mi Centinela, para que Jesús no pueda echarme de allí; y yo, aunque quisiera, tal vez no pueda irme. Así que beso tu mano materna; y tú me bendices
Oración para desarmar a la Divina Justicia
¡Oh Jesús














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